/ martes 27 de abril de 2021

Campañas

Las campañas electorales ya iniciaron con todo y la disputa de más de 20 mil cargos de representación popular, el ambiente se percibe tóxico ante una auténtica avalancha de imputaciones, descalificaciones y un panorama que parece huérfano de ideologías.

Otro ingrediente es la marca y peso de la pandemia que ha generado pérdidas humanas y múltiples afectaciones emocionales y mentales, no es un tiempo digamos normal, no, es más bien atípico porque los estragos de la Covid-19 derivaron en penurias, soledad y confinamiento, con todo y que muchas personas hacen caso omiso de los protocolos implementados para evitar la ola de contagios.

Las formas y modos de hacer campaña electoral se han transformado porque la gravedad de la pandemia impide las concentraciones masivas, tomar las plazas públicas y practicar los moldes de anteriores ediciones, ahora la apuesta será por los medios digitales y tradicionales, es la variable que se desprende del entorno aciago prevaleciente, lo cual resulta lógico ante los obstáculos de ocupar otros instrumentos.

Las redes sociales han sido el escenario, en gran medida, de las campañas con todo y su grado tóxico y la proliferación de mentiras o medias verdades

La democracia mexicana aún no se consolida, tenemos muchos partidos políticos aunque sus respectivas doctrinas y líneas ideológicas parecen estar ocultas o extintas, tal parece todo va con la finalidad fría de conseguir el poder, al final es el objetivo de las formaciones partidistas, aunque falta contenido, eso es perceptible.

Nos antecede una cultura del fraude electoral que se estiló durante muchos años en que no había competencia partidista, prevalecía el partido hegemónico, victorias escasas de la oposición que en todo caso legitimaban el modelo impuesto desde la cúpula del poder en nuestro país.

Actualmente tenemos alternancia como ingrediente de lo que denominan normalidad democrática, ya el siglo XXI en términos electorales ha registrado alternancias en todos los niveles, desde gobiernos municipales, estatales y federal como sucedió en el año 2000, 2012 y 2018. El paradigma es otro y las expectativas no dejan de visualizarse.

En este proceso electoral es deseable confrontar proyectos de nación y que los debates no se queden anclados en la descalificación porque polarización ya tenemos bastante.

El proceso electoral no debe ser motivo para desviar la confrontación de ideas a otro escenario en donde prevalezca la intolerancia o el fanatismo que no acepta discrepancias o disidencia.

Ya ha transcurrido más de un año con la mortal pandemia, la realidad tiene sus propios datos y la incertidumbre no se despeja. A flor de tierra detectamos múltiples problemas que vulneran el tejido social: impunidad, corrupción y violencia.

El nivel del debate político debiera incrementarse porque es necesario, no hay fórmulas precisas ni mágicas pero si todo un universo de dificultades que exigen un tratamiento adecuado porque las asignaturas pendientes exigen el abordaje correspondiente.

Mientras es deseable que quienes contienden por algún cargo de representación popular asuman con claridad y conciencia la situación actual de una pandemia de larga duración con todos sus efectos derivados.

Las campañas electorales ya iniciaron con todo y la disputa de más de 20 mil cargos de representación popular, el ambiente se percibe tóxico ante una auténtica avalancha de imputaciones, descalificaciones y un panorama que parece huérfano de ideologías.

Otro ingrediente es la marca y peso de la pandemia que ha generado pérdidas humanas y múltiples afectaciones emocionales y mentales, no es un tiempo digamos normal, no, es más bien atípico porque los estragos de la Covid-19 derivaron en penurias, soledad y confinamiento, con todo y que muchas personas hacen caso omiso de los protocolos implementados para evitar la ola de contagios.

Las formas y modos de hacer campaña electoral se han transformado porque la gravedad de la pandemia impide las concentraciones masivas, tomar las plazas públicas y practicar los moldes de anteriores ediciones, ahora la apuesta será por los medios digitales y tradicionales, es la variable que se desprende del entorno aciago prevaleciente, lo cual resulta lógico ante los obstáculos de ocupar otros instrumentos.

Las redes sociales han sido el escenario, en gran medida, de las campañas con todo y su grado tóxico y la proliferación de mentiras o medias verdades

La democracia mexicana aún no se consolida, tenemos muchos partidos políticos aunque sus respectivas doctrinas y líneas ideológicas parecen estar ocultas o extintas, tal parece todo va con la finalidad fría de conseguir el poder, al final es el objetivo de las formaciones partidistas, aunque falta contenido, eso es perceptible.

Nos antecede una cultura del fraude electoral que se estiló durante muchos años en que no había competencia partidista, prevalecía el partido hegemónico, victorias escasas de la oposición que en todo caso legitimaban el modelo impuesto desde la cúpula del poder en nuestro país.

Actualmente tenemos alternancia como ingrediente de lo que denominan normalidad democrática, ya el siglo XXI en términos electorales ha registrado alternancias en todos los niveles, desde gobiernos municipales, estatales y federal como sucedió en el año 2000, 2012 y 2018. El paradigma es otro y las expectativas no dejan de visualizarse.

En este proceso electoral es deseable confrontar proyectos de nación y que los debates no se queden anclados en la descalificación porque polarización ya tenemos bastante.

El proceso electoral no debe ser motivo para desviar la confrontación de ideas a otro escenario en donde prevalezca la intolerancia o el fanatismo que no acepta discrepancias o disidencia.

Ya ha transcurrido más de un año con la mortal pandemia, la realidad tiene sus propios datos y la incertidumbre no se despeja. A flor de tierra detectamos múltiples problemas que vulneran el tejido social: impunidad, corrupción y violencia.

El nivel del debate político debiera incrementarse porque es necesario, no hay fórmulas precisas ni mágicas pero si todo un universo de dificultades que exigen un tratamiento adecuado porque las asignaturas pendientes exigen el abordaje correspondiente.

Mientras es deseable que quienes contienden por algún cargo de representación popular asuman con claridad y conciencia la situación actual de una pandemia de larga duración con todos sus efectos derivados.

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