/ jueves 15 de noviembre de 2018

Carta al Amado

Querido Amado: Desde hace unos cuantos días poseo, para fortuna mía, un libro editado por la UNAM que recopila sus cuentos y crónicas a manera de antología, del cual estoy disfrutando sobremanera su lectura, incluido el prólogo, por el cual me enteré que usted llevó por seudónimo Amado, pero apellido real Nervo, que la provincia lo vio nacer y la capital de este país y de Francia, lo vieron florecer.

Pero debo expresar que usted señor Nervo, ¡escribió una “crónica” intitulada “Impuestos sobre las faltas de ortografía”! Y lo que leí me conmocionó, por dos motivos muy claros, porque dice usted con tino que quien comete faltas de ortografía debe ser multado con sendos impuestos diseñados para tal fin, pero lo especifica para dos casos en particular: cartas de amor con errores de ortografía y escaparates de negocios. Al respecto, me opongo a uno y apoyo al otro.

Pues bien, empieza usted diciendo que por un anuncio que vio publicado en Madrid, España, se le ha ocurrido aplicar al caso mexicano lo que el madrileño le inspiró, esto es, que el erario público de México podría llenar sus arcas hasta rebosar, si decidiera multar a todo negocio, escaparate, publicidad y símiles, que ostenten faltas de ortografía. En ese tenor yo le apoyo y me parece formidable propuesta, sobre todo porque el argumento que usted esgrime es de gran congruencia.

La esencia de su argumento es que la ortografía entra por los ojos y a fuerza de repeticiones, entonces lógico será que los cerebros tiernos de los niños al leer diariamente letreros en la calle que exhiban horripilantes faltas de ortografía, terminarán repitiéndolas sin miramiento alguno y ocasionando a posteriori las burlas de los que lo rodean.

Tales argumentos me llevaron a comparar forzosamente la situación actual y ver si en este tiempo se ha obtenido progreso alguno que haya impedido la divulgación de las faltas de ortografía entre la población, pero si usted viviera en estos tiempos señor Amado, volvería a fallecer por la laxitud del lenguaje que se ha trocado en corrupción.

La situación se torna aún peor, porque se daría usted cuenta que esta corrupción ha escalado no nada más entre los ciudadanos de a pie, si no entre gente letrada en la denominada “ciencia de la comunicación” que a pesar de sus estudios, no tiene reparo en emplear expresiones tales como “tarde-noche”.

¿Me ha comprendido usted lo que acabo de escribir? No leyó mal, la “tarde-noche” es el concepto que sin discreción se emplea para referirse a la hora del día que corresponde al inicio del anochecer, antecedido por el sol que va progresivamente ocultándose. Ya nadie emplea la palabra “ocaso” y todos dicen sin vergüenza en sus rostros: “lloverá hoy por la tarde-noche”, “nos vemos en el café en la tarde-noche”, “te llamo por eso de la tarde-noche”.

¿Puede usted creerlo?, ¿le encuentra algún sentido a la ambigüedad solapada en ese concepto extraño y deforme que queda pendiendo de un universo paralelo plagado de incongruencias? Es inaceptable ciertamente, pero hoy cuanto menos clara sea la información, cuanto mejor y más docta se le considera.

Por lo anterior, apoyo su propuesta de cobrar impuestos a las faltas de ortografía y agregaría “y a las expresiones ambiguas, porque fomentan el absurdo y la falta de certeza”.

Lo que no apoyo de su crónica es la opinión negativa que deja en muy mal papel a mis congéneres femeninas, pues, aunque reconoce que las mujeres pueden ser poetisas, sabias y hasta maestras, usted dice textualmente “todas andan de la greña con la ortografía” y aún osa agregar que se impongan gravámenes sobre las cartas de amor. Ahí me colmó la paciencia, porque ni las mujeres por regla general tienen mala ortografía, ni las cartas de amor deben multarse.

Si usted recibió una carta mal escrita, a los pies de la dama en cuestión debiera agradecerle por el honor que le implicaba y sin mostrar reparo por recibirlas con faltas, su deber de caballero era reenviarlas corregidas, bien perfumadas y con la invitación a enseñarle clases de ortografía particulares, sin desestimar por ello el genio de la señorita en cuestión. He dicho. Atentamente: Una mujer que escribe para el periódico. (M)


Querido Amado: Desde hace unos cuantos días poseo, para fortuna mía, un libro editado por la UNAM que recopila sus cuentos y crónicas a manera de antología, del cual estoy disfrutando sobremanera su lectura, incluido el prólogo, por el cual me enteré que usted llevó por seudónimo Amado, pero apellido real Nervo, que la provincia lo vio nacer y la capital de este país y de Francia, lo vieron florecer.

Pero debo expresar que usted señor Nervo, ¡escribió una “crónica” intitulada “Impuestos sobre las faltas de ortografía”! Y lo que leí me conmocionó, por dos motivos muy claros, porque dice usted con tino que quien comete faltas de ortografía debe ser multado con sendos impuestos diseñados para tal fin, pero lo especifica para dos casos en particular: cartas de amor con errores de ortografía y escaparates de negocios. Al respecto, me opongo a uno y apoyo al otro.

Pues bien, empieza usted diciendo que por un anuncio que vio publicado en Madrid, España, se le ha ocurrido aplicar al caso mexicano lo que el madrileño le inspiró, esto es, que el erario público de México podría llenar sus arcas hasta rebosar, si decidiera multar a todo negocio, escaparate, publicidad y símiles, que ostenten faltas de ortografía. En ese tenor yo le apoyo y me parece formidable propuesta, sobre todo porque el argumento que usted esgrime es de gran congruencia.

La esencia de su argumento es que la ortografía entra por los ojos y a fuerza de repeticiones, entonces lógico será que los cerebros tiernos de los niños al leer diariamente letreros en la calle que exhiban horripilantes faltas de ortografía, terminarán repitiéndolas sin miramiento alguno y ocasionando a posteriori las burlas de los que lo rodean.

Tales argumentos me llevaron a comparar forzosamente la situación actual y ver si en este tiempo se ha obtenido progreso alguno que haya impedido la divulgación de las faltas de ortografía entre la población, pero si usted viviera en estos tiempos señor Amado, volvería a fallecer por la laxitud del lenguaje que se ha trocado en corrupción.

La situación se torna aún peor, porque se daría usted cuenta que esta corrupción ha escalado no nada más entre los ciudadanos de a pie, si no entre gente letrada en la denominada “ciencia de la comunicación” que a pesar de sus estudios, no tiene reparo en emplear expresiones tales como “tarde-noche”.

¿Me ha comprendido usted lo que acabo de escribir? No leyó mal, la “tarde-noche” es el concepto que sin discreción se emplea para referirse a la hora del día que corresponde al inicio del anochecer, antecedido por el sol que va progresivamente ocultándose. Ya nadie emplea la palabra “ocaso” y todos dicen sin vergüenza en sus rostros: “lloverá hoy por la tarde-noche”, “nos vemos en el café en la tarde-noche”, “te llamo por eso de la tarde-noche”.

¿Puede usted creerlo?, ¿le encuentra algún sentido a la ambigüedad solapada en ese concepto extraño y deforme que queda pendiendo de un universo paralelo plagado de incongruencias? Es inaceptable ciertamente, pero hoy cuanto menos clara sea la información, cuanto mejor y más docta se le considera.

Por lo anterior, apoyo su propuesta de cobrar impuestos a las faltas de ortografía y agregaría “y a las expresiones ambiguas, porque fomentan el absurdo y la falta de certeza”.

Lo que no apoyo de su crónica es la opinión negativa que deja en muy mal papel a mis congéneres femeninas, pues, aunque reconoce que las mujeres pueden ser poetisas, sabias y hasta maestras, usted dice textualmente “todas andan de la greña con la ortografía” y aún osa agregar que se impongan gravámenes sobre las cartas de amor. Ahí me colmó la paciencia, porque ni las mujeres por regla general tienen mala ortografía, ni las cartas de amor deben multarse.

Si usted recibió una carta mal escrita, a los pies de la dama en cuestión debiera agradecerle por el honor que le implicaba y sin mostrar reparo por recibirlas con faltas, su deber de caballero era reenviarlas corregidas, bien perfumadas y con la invitación a enseñarle clases de ortografía particulares, sin desestimar por ello el genio de la señorita en cuestión. He dicho. Atentamente: Una mujer que escribe para el periódico. (M)


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