/ jueves 1 de noviembre de 2018

GOLPE DE TIMÓN

Tradición viva

Teodoro Barajas Rodríguez

Las tradiciones, costumbres y cosmogonía son parte inherente a la historia de los pueblos, forman el bagaje capturado por la memoria histórica; muchos de esos rasgos nos alcanzan al presente. Lo anterior es comprobable en Michoacán respecto al Día de Muertos, el sincretismo, leyendas y símbolos están presentes, aún en una etapa compleja como lo representa la posmodernidad.

En la Meseta Purépecha, la Zona Lacustre y, prácticamente, en todo Michoacán las raíces originarias son evidentes en la celebración del Día de Muertos, una festividad pagano- religiosa, la cual incluye elementos de las tradiciones y religiones vigentes desde antes de la llegada de los españoles.

Para nuestros antepasados la vida se medía por instantes de luz y todo lo existente era parte de una dinámica que giraba alrededor de un orden universal. De acuerdo con la filosofía de los pueblos americanos, la muerte no es más que una prolongación de la vida.

En los últimos años se ha vigorizado la tradición respecto al Día de Muertos, en ello confluyen instituciones educativas y de la sociedad civil. Hace no muchos años el denominado halloween que tiene raigambre en la angloesfera, Canadá, Estados Unidos, Irlanda y Reino Unido, parecía desbancar al mexicano día de los difuntos, en medio de la enorme bandera del consumismo, actualmente nuestra tradición goza de cabal salud.

Si hurgamos en el pasado remoto encontramos los registros de celebraciones en las etnias mexica, maya, purépecha y totonaca. Los rituales que celebran la vida de los ancestros se realizan en estas civilizaciones por lo menos desde hace tres mil años. En la era prehispánica era común la práctica de conservar los cráneos como trofeos y mostrarlos durante los rituales que simbolizaban la muerte y el renacimiento.

Para los pueblos como el purépecha, asentado en Michoacán, la muerte es un paso natural, es eternidad. En el pueblo de referencia, no hay separación de cuerpos y almas. En esta cultura la muerte se concebía no como una fuerza natural y salvaje como en la occidental, sino como un elemento de la realidad social.

El universo de los purépechas estaba formado por tres partes: el cielo (auándaro), la tierra (echerendo) y el mundo de los muertos (cumiechúcuaro ó uarichao)  respecto a las ofrendas, generalmente se preparan alimentos tradicionales  para esperar a las “ánimas” o difuntos en sus hogares y/o en el panteón. En el caso de los niños muertos, se monta un altar en su casa, sobre todo el primer año de fallecido el infante, en el altar se colocan alimentos, dulces, frutas y juguetes.

Las flores de cempasúchil (zempoalxóchitl) son clásicas en esta fecha, tanto para adultos como para infantes. En la sierra y la Meseta, aunque no se acostumbra velar en todas las casas, sí se hacen los altares familiares, donde se coloca todo lo que gustaba a los difuntos. Vale la pena consignar que en los altares caseros o panteón, se encuentran representados los clásicos elementos de la antigüedad, lo que muestra el amplio conocimiento de los purépechas que simbolizaban el todo en los arreglos de las tumbas.

Tenemos ahí la representación de la tierra mediante los frutos de la misma, del aire con los adornos de papel picado movidos por al viento, el agua con las bebidas colocadas en la tumba y el fuego por las velas y veladoras que iluminan el lugar. Se trata de una tradición viva. (M)

Tradición viva

Teodoro Barajas Rodríguez

Las tradiciones, costumbres y cosmogonía son parte inherente a la historia de los pueblos, forman el bagaje capturado por la memoria histórica; muchos de esos rasgos nos alcanzan al presente. Lo anterior es comprobable en Michoacán respecto al Día de Muertos, el sincretismo, leyendas y símbolos están presentes, aún en una etapa compleja como lo representa la posmodernidad.

En la Meseta Purépecha, la Zona Lacustre y, prácticamente, en todo Michoacán las raíces originarias son evidentes en la celebración del Día de Muertos, una festividad pagano- religiosa, la cual incluye elementos de las tradiciones y religiones vigentes desde antes de la llegada de los españoles.

Para nuestros antepasados la vida se medía por instantes de luz y todo lo existente era parte de una dinámica que giraba alrededor de un orden universal. De acuerdo con la filosofía de los pueblos americanos, la muerte no es más que una prolongación de la vida.

En los últimos años se ha vigorizado la tradición respecto al Día de Muertos, en ello confluyen instituciones educativas y de la sociedad civil. Hace no muchos años el denominado halloween que tiene raigambre en la angloesfera, Canadá, Estados Unidos, Irlanda y Reino Unido, parecía desbancar al mexicano día de los difuntos, en medio de la enorme bandera del consumismo, actualmente nuestra tradición goza de cabal salud.

Si hurgamos en el pasado remoto encontramos los registros de celebraciones en las etnias mexica, maya, purépecha y totonaca. Los rituales que celebran la vida de los ancestros se realizan en estas civilizaciones por lo menos desde hace tres mil años. En la era prehispánica era común la práctica de conservar los cráneos como trofeos y mostrarlos durante los rituales que simbolizaban la muerte y el renacimiento.

Para los pueblos como el purépecha, asentado en Michoacán, la muerte es un paso natural, es eternidad. En el pueblo de referencia, no hay separación de cuerpos y almas. En esta cultura la muerte se concebía no como una fuerza natural y salvaje como en la occidental, sino como un elemento de la realidad social.

El universo de los purépechas estaba formado por tres partes: el cielo (auándaro), la tierra (echerendo) y el mundo de los muertos (cumiechúcuaro ó uarichao)  respecto a las ofrendas, generalmente se preparan alimentos tradicionales  para esperar a las “ánimas” o difuntos en sus hogares y/o en el panteón. En el caso de los niños muertos, se monta un altar en su casa, sobre todo el primer año de fallecido el infante, en el altar se colocan alimentos, dulces, frutas y juguetes.

Las flores de cempasúchil (zempoalxóchitl) son clásicas en esta fecha, tanto para adultos como para infantes. En la sierra y la Meseta, aunque no se acostumbra velar en todas las casas, sí se hacen los altares familiares, donde se coloca todo lo que gustaba a los difuntos. Vale la pena consignar que en los altares caseros o panteón, se encuentran representados los clásicos elementos de la antigüedad, lo que muestra el amplio conocimiento de los purépechas que simbolizaban el todo en los arreglos de las tumbas.

Tenemos ahí la representación de la tierra mediante los frutos de la misma, del aire con los adornos de papel picado movidos por al viento, el agua con las bebidas colocadas en la tumba y el fuego por las velas y veladoras que iluminan el lugar. Se trata de una tradición viva. (M)

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