/ jueves 6 de diciembre de 2018

Magia verde

El humus, ese sustrato tan rico en nutrientes para las plantas, esconde un secreto maravilloso, ya que a pesar de ser materia “inerte”, de ella surge la vida, pero son realmente las plantas, el secreto detrás de este truco que ha mantenido viva a la humanidad desde que existe, porque las plantas digieren la tierra, la transforman, la colorean, la purifican con su oxígeno, la vivifican.

Las plantas son como una piedra filosofal que por medio de una alquimia genuina nos dan regalos más valiosos que el oro, porque de ellas salen los frutos, los cereales, los medicamentos, los ornamentos y las fibras que han permitido alimentarnos, cubrirnos del frío, perfumarnos, refrescar nuestro aliento, curarnos de enfermedades, realizar conquistas amorosas, adornar nuestras celebraciones, darnos materiales suficientes para crearnos un universo a la medida del ser humano.

De ellas obtenemos fibras para tejer redes para pescar, cestos, sombreros, velas para los barcos, sogas, cordeles, hilos, madera para construir casas, violines y guitarras, naves, sillas, cucharas, mangos de herramientas, andamios, escaleras, forraje para alimentar a su vez a los animales de los que obtenemos proteínas, frutas dulces para realizar jugos, mermeladas y confites a partir de ellos, hasta su misma “sangre” que es su savia, nos la otorgan para obtener resinas y alumbrar nuestras noches oscuras y su “piel”, que son los troncos, para calentarnos.

Las plantas son magia pura. Están en contacto con la oscuridad de la tierra y con la luz del cielo al mismo tiempo, son imagen del equilibrio palpable, constituyen esa dualidad porque requieren tanto de la luz como de la oscuridad para subsistir. El proceso de la fotosíntesis lo ejemplifica porque realizan un proceso durante el día a plena luz solar y otro en la noche, sin presencia de luz. No solamente el sol impacta en su desarrollo, también la luna influye en la concentración de savia y el tránsito de la misma a lo largo de sus tallos y por ello los calendarios prestan tal atención a las fases lunares porque de éstas dependen las cosechas.

Pero además de los procesos autótrofos que llevan a cabo (ya que ellas mismas “realizan” su propio alimento), las plantas son seres vivos que llevan vitalidad a cualquier lugar. Una oficina sin plantas, una casa sin floreros, un patio sin árboles se siente vacío, extraño, sin vida. Podríamos afirmar que de entre todas las imágenes decrépitas y lúgubres imaginables, una de las más deprimentes sin lugar a dudas es la de ver una planta muerta.

Una planta muerta comunica claramente la ausencia de vitalidad, se ha ido el color de sus hojas, su tallo flácido nos recuerda la condición mortal que experimenta, ya no erguida sino derrotada contra la existencia; una planta muerta puede ser un espectáculo muy crudo de presenciar si se le mira bien. No hay necesidad de ser gráficos y ver sangre o entrañas para saber percibir la ausencia de vida, el horror tan fatal y tan necesario de la muerte, que pudre y corrompe. El grado de marchitamiento de las hojas basta para decirnos que ese ser, dejó de ser; la planta que una vez alegró el espacio, ahora lo entristece con una brutalidad difícil de ignorar.

Por lo anterior, no cualquier persona aprecia las plantas, porque no a muchos les conduele verla marchita. Establecer una relación con un ser que no emite sonidos, ni se traslada por sí mismo y que no hay razón para “acariciarlo” requiere una sensibilidad especial. No es verdad que tan solo requieran agua, luz y ventilación, las plantas también necesitan amor, solamente que, en un plano más abstracto, por decirlo así.

Por ello, admiro a las personas que gustan de las plantas y además se comprometen a cuidarlas o como dicen nuestros vecinos norteamericanos, poseen “green fingers” (“dedos verdes” un dicho que refiere a tu talento natural para cultivarlas), personas así tienen una sensibilidad muy particular. Sería muy recomendable que todos al menos una vez en la vida tuviéramos una planta especial (aunque suene cursi), porque la existencia no es sino amor en presentaciones abstractas y poco evidentes, presentaciones silenciosas, inmutables y que regalan vida, presentaciones inusuales y mágicas, tal como lo son las plantas. (F)

El humus, ese sustrato tan rico en nutrientes para las plantas, esconde un secreto maravilloso, ya que a pesar de ser materia “inerte”, de ella surge la vida, pero son realmente las plantas, el secreto detrás de este truco que ha mantenido viva a la humanidad desde que existe, porque las plantas digieren la tierra, la transforman, la colorean, la purifican con su oxígeno, la vivifican.

Las plantas son como una piedra filosofal que por medio de una alquimia genuina nos dan regalos más valiosos que el oro, porque de ellas salen los frutos, los cereales, los medicamentos, los ornamentos y las fibras que han permitido alimentarnos, cubrirnos del frío, perfumarnos, refrescar nuestro aliento, curarnos de enfermedades, realizar conquistas amorosas, adornar nuestras celebraciones, darnos materiales suficientes para crearnos un universo a la medida del ser humano.

De ellas obtenemos fibras para tejer redes para pescar, cestos, sombreros, velas para los barcos, sogas, cordeles, hilos, madera para construir casas, violines y guitarras, naves, sillas, cucharas, mangos de herramientas, andamios, escaleras, forraje para alimentar a su vez a los animales de los que obtenemos proteínas, frutas dulces para realizar jugos, mermeladas y confites a partir de ellos, hasta su misma “sangre” que es su savia, nos la otorgan para obtener resinas y alumbrar nuestras noches oscuras y su “piel”, que son los troncos, para calentarnos.

Las plantas son magia pura. Están en contacto con la oscuridad de la tierra y con la luz del cielo al mismo tiempo, son imagen del equilibrio palpable, constituyen esa dualidad porque requieren tanto de la luz como de la oscuridad para subsistir. El proceso de la fotosíntesis lo ejemplifica porque realizan un proceso durante el día a plena luz solar y otro en la noche, sin presencia de luz. No solamente el sol impacta en su desarrollo, también la luna influye en la concentración de savia y el tránsito de la misma a lo largo de sus tallos y por ello los calendarios prestan tal atención a las fases lunares porque de éstas dependen las cosechas.

Pero además de los procesos autótrofos que llevan a cabo (ya que ellas mismas “realizan” su propio alimento), las plantas son seres vivos que llevan vitalidad a cualquier lugar. Una oficina sin plantas, una casa sin floreros, un patio sin árboles se siente vacío, extraño, sin vida. Podríamos afirmar que de entre todas las imágenes decrépitas y lúgubres imaginables, una de las más deprimentes sin lugar a dudas es la de ver una planta muerta.

Una planta muerta comunica claramente la ausencia de vitalidad, se ha ido el color de sus hojas, su tallo flácido nos recuerda la condición mortal que experimenta, ya no erguida sino derrotada contra la existencia; una planta muerta puede ser un espectáculo muy crudo de presenciar si se le mira bien. No hay necesidad de ser gráficos y ver sangre o entrañas para saber percibir la ausencia de vida, el horror tan fatal y tan necesario de la muerte, que pudre y corrompe. El grado de marchitamiento de las hojas basta para decirnos que ese ser, dejó de ser; la planta que una vez alegró el espacio, ahora lo entristece con una brutalidad difícil de ignorar.

Por lo anterior, no cualquier persona aprecia las plantas, porque no a muchos les conduele verla marchita. Establecer una relación con un ser que no emite sonidos, ni se traslada por sí mismo y que no hay razón para “acariciarlo” requiere una sensibilidad especial. No es verdad que tan solo requieran agua, luz y ventilación, las plantas también necesitan amor, solamente que, en un plano más abstracto, por decirlo así.

Por ello, admiro a las personas que gustan de las plantas y además se comprometen a cuidarlas o como dicen nuestros vecinos norteamericanos, poseen “green fingers” (“dedos verdes” un dicho que refiere a tu talento natural para cultivarlas), personas así tienen una sensibilidad muy particular. Sería muy recomendable que todos al menos una vez en la vida tuviéramos una planta especial (aunque suene cursi), porque la existencia no es sino amor en presentaciones abstractas y poco evidentes, presentaciones silenciosas, inmutables y que regalan vida, presentaciones inusuales y mágicas, tal como lo son las plantas. (F)

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