/ jueves 1 de noviembre de 2018

Primera plana

Estefanía Riveros Figueroa

La madrugada del día primero, llegó fufurufa la calaca, caminando con garbo, botín y sombrero a la ciudad de Morelia, a su histórico Centro. Vestía de regio luto, el pesado terciopelo el fémur le cubría y meneando el abanico, apurada se veía.

Se refrescó en la fuente de Las Tarascas, de tanto caminar por la Calzada y tras cruzar Villalongín, apuró el paso en su trajín. Iba veloz, pensando a quién llevarse, cuando repentinamente de sus ojos una chispa inspirada se atizaba, al ver frente a ella tremenda oportunidad dorada.

Estaba la huesuda nada más y nada menos que frente a la redacción de “El Sol de Morelia” periódico popular con 40 años de antigüedad. De pronto una idea cruzó por su mente, quería ser famosa, cueste lo que cueste, estaría en primera plana, fantaseaba muy ufana.

Apretando el paso al interior fue a dar, con el personal del “Sol de Morelia” se quería entrevistar. Subió en dos pasos los peldaños de cantera, tras cruzar altanera el zaguán y empujó chirriando la reja de la entrada, con sus blancas falanges heladas.

En la zona de registro soltó una carcajada y prosiguió con su misión la muy desdentada, porque la mañana de ese jueves en toda la ciudad sería recordada. Sonaban sus tacones lúgubres por los pasillos, la parca andaba suelta con las manos en los bolsillos. Su foto de perfil la sociedad alabaría, pero para lograrlo, al director del diario requería.

Vanidosa se contoneaba la garbancera descolorida y a ratos en los cristales para admirarse se detenía. Pasó por maquetación, entre rollos de papel y tinta, prosiguió por los corredores con el nombre “Marcos Knapp” memorizado en su cabecita, ese día no se iba sin su nota la flaquita. Su presencia en la redacción se sentía y a cada vuelo de su enagua, un viento frío se expandía.

Desesperada la “siriquisiaca” por no encontrarlo, se entretuvo un rato espantando a los correctores de estilo que estaban de guardia, les desconectaba las computadoras causándoles taquicardia. Cansada de esperar, se tronaba los nudillos y se le antojaba desayunar un espeso cortadillo, pero el director no se apersonaba y de los infartados redactores ya estaba cansada.

Eran las cinco de la mañana y siguió vagando mientras esperaba; entró a la hemeroteca donde los números pasados se guardaban y se entretuvo un rato leyendo a Teodoro Barajas, Jesús Vázquez Estupiñán y los consejos financieros de Wolfgang Erhardt, hojeando los periódicos de “pe” a “pa”.

Las siete y el repartidor en la motocicleta los ejemplares ya tenía, los reporteros y administrativos frente a sus escritorios se congregaban y la flaca desquiciada, del director el rastro no hallaba. Por la oficina se asomaba y en la banqueta de enfrente rondaba, pero Knapp ni por equivocación se mostraba.

Regresó a darle otra leída a las columnas de Juan Ávila Osornio, Alejandra Pimentel y Carlos Ceja, y acerca del magisterio se enteró con Daniel Ambriz Mendoza, reflexionando sesuda sobre democracia, educación y profesorado, sin saber que el tiempo ya se le había pasado.

Se entretuvo así hasta el mediodía, cuando el cenit del sol imperioso le decía, que su misión no se lograría. Enfurecida la catrina hizo rabietas, maldijo y se lamentó arrugándose la crinolina pues tuvo que partir sin su primera plana ese día, pero juró regresar al “Sol de Morelia”, el año que venía. (M)

Estefanía Riveros Figueroa

La madrugada del día primero, llegó fufurufa la calaca, caminando con garbo, botín y sombrero a la ciudad de Morelia, a su histórico Centro. Vestía de regio luto, el pesado terciopelo el fémur le cubría y meneando el abanico, apurada se veía.

Se refrescó en la fuente de Las Tarascas, de tanto caminar por la Calzada y tras cruzar Villalongín, apuró el paso en su trajín. Iba veloz, pensando a quién llevarse, cuando repentinamente de sus ojos una chispa inspirada se atizaba, al ver frente a ella tremenda oportunidad dorada.

Estaba la huesuda nada más y nada menos que frente a la redacción de “El Sol de Morelia” periódico popular con 40 años de antigüedad. De pronto una idea cruzó por su mente, quería ser famosa, cueste lo que cueste, estaría en primera plana, fantaseaba muy ufana.

Apretando el paso al interior fue a dar, con el personal del “Sol de Morelia” se quería entrevistar. Subió en dos pasos los peldaños de cantera, tras cruzar altanera el zaguán y empujó chirriando la reja de la entrada, con sus blancas falanges heladas.

En la zona de registro soltó una carcajada y prosiguió con su misión la muy desdentada, porque la mañana de ese jueves en toda la ciudad sería recordada. Sonaban sus tacones lúgubres por los pasillos, la parca andaba suelta con las manos en los bolsillos. Su foto de perfil la sociedad alabaría, pero para lograrlo, al director del diario requería.

Vanidosa se contoneaba la garbancera descolorida y a ratos en los cristales para admirarse se detenía. Pasó por maquetación, entre rollos de papel y tinta, prosiguió por los corredores con el nombre “Marcos Knapp” memorizado en su cabecita, ese día no se iba sin su nota la flaquita. Su presencia en la redacción se sentía y a cada vuelo de su enagua, un viento frío se expandía.

Desesperada la “siriquisiaca” por no encontrarlo, se entretuvo un rato espantando a los correctores de estilo que estaban de guardia, les desconectaba las computadoras causándoles taquicardia. Cansada de esperar, se tronaba los nudillos y se le antojaba desayunar un espeso cortadillo, pero el director no se apersonaba y de los infartados redactores ya estaba cansada.

Eran las cinco de la mañana y siguió vagando mientras esperaba; entró a la hemeroteca donde los números pasados se guardaban y se entretuvo un rato leyendo a Teodoro Barajas, Jesús Vázquez Estupiñán y los consejos financieros de Wolfgang Erhardt, hojeando los periódicos de “pe” a “pa”.

Las siete y el repartidor en la motocicleta los ejemplares ya tenía, los reporteros y administrativos frente a sus escritorios se congregaban y la flaca desquiciada, del director el rastro no hallaba. Por la oficina se asomaba y en la banqueta de enfrente rondaba, pero Knapp ni por equivocación se mostraba.

Regresó a darle otra leída a las columnas de Juan Ávila Osornio, Alejandra Pimentel y Carlos Ceja, y acerca del magisterio se enteró con Daniel Ambriz Mendoza, reflexionando sesuda sobre democracia, educación y profesorado, sin saber que el tiempo ya se le había pasado.

Se entretuvo así hasta el mediodía, cuando el cenit del sol imperioso le decía, que su misión no se lograría. Enfurecida la catrina hizo rabietas, maldijo y se lamentó arrugándose la crinolina pues tuvo que partir sin su primera plana ese día, pero juró regresar al “Sol de Morelia”, el año que venía. (M)

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