/ martes 27 de abril de 2021

Propuestas e identidad

Las campañas electorales se tornan tóxicas en medio de escándalos, imputaciones y una evidente escases de propuestas tangibles que aborden los temas de actualidad. Los auténticos proyectos de nación no se han presentado, es más el ruido, la pirotecnia y el vacío.

La intolerancia ha crecido por doquier, se evidencia una cultura política endeble en donde la identidad ideológica se diluye ante el peso y filo del pragmatismo; con todo ello luce distante un cuadro de civilidad en el que impere el auténtico debate que muestre contrastes entre quienes aspiran a llegar a un cargo de representación popular.

Los temas que exigen atención inmediata están en una creciente lista, por ejemplo el de la inseguridad, desempleo, violencia recargada en diversas regiones del país. Se requiere de la pacificación, se entiende que el estado detenta el monopolio de la violencia legal, aunque en muchas regiones de México esto no existe porque los hechos lo revelan.

Además, ya al situarnos en el asunto partidista, las agrupaciones políticas enfrentan cada una su propia crisis en cuanto a organización, estructuras y ya no hablar de sus ideologías que se reducen a slogans o referentes que hacen las veces de fuentes históricas. Ello reduce la identidad de los partidos, se observan como franquicias.

Sí, tenemos alternancia, algo que se dificultó en el pasado reciente porque aún se recuerdan los fraudes electorales que golpearon los que pudieron ser avances en la vía democrática como sucedió aquella jornada del 6 de julio de 1988 con la participación del Frente Democrático Nacional que encabezó Cuauhtémoc Cárdenas, fecha oscura en que se cayó el sistema con las consecuencias posteriores.

Evidentemente, en 1988 no existía el árbitro electoral, las cosas en esta materia se definían desde la Secretaria de Gobernación para establecer reglas de inequidad pura, en la actualidad se cuenta con la participación del Instituto Nacional Electoral cuyo papel suele ser cuestionado por voces inconformes aunque sus aportes han sido fundamentales en cuanto a la alternancia registrada en nuestro país en lo transcurrido en el siglo XXI. Ha sido complicado extinguir el virus de la desconfianza que tiene larga data.

De los candidatos a las gubernaturas y otros espacios de representación popular se han escuchado diversos temas convertidos en escándalos, pocas propuestas en temas torales pese a nuestra realidad que da cuenta cotidianamente de actos delictivos que sugieren un auténtico apocalipsis en el que permanece la pandemia con sus efectos devastadores. Las llagas en el cuerpo social que no sanan porque no se atienden. Mientras la impunidad mantiene su empoderamiento y las injusticias son palpables, las autoridades de todos los niveles parecen ser rebasadas. Falta menos para las elecciones, menos de mes y medio, quien gane asumirá graves compromisos que como tales debe tratar con valor y no con esa característica tan propia de los ganadores: la soberbia.

Hace falta que la vocación democrática se manifieste con todos sus valores, no se da lo que no se tiene, el autoritarismo no va de la mano con dichas categorías, al final la discrepancia y la disidencia florecen en sociedades con una evidente maduración política, no es conveniente establecer un pensamiento único.

Las campañas electorales se tornan tóxicas en medio de escándalos, imputaciones y una evidente escases de propuestas tangibles que aborden los temas de actualidad. Los auténticos proyectos de nación no se han presentado, es más el ruido, la pirotecnia y el vacío.

La intolerancia ha crecido por doquier, se evidencia una cultura política endeble en donde la identidad ideológica se diluye ante el peso y filo del pragmatismo; con todo ello luce distante un cuadro de civilidad en el que impere el auténtico debate que muestre contrastes entre quienes aspiran a llegar a un cargo de representación popular.

Los temas que exigen atención inmediata están en una creciente lista, por ejemplo el de la inseguridad, desempleo, violencia recargada en diversas regiones del país. Se requiere de la pacificación, se entiende que el estado detenta el monopolio de la violencia legal, aunque en muchas regiones de México esto no existe porque los hechos lo revelan.

Además, ya al situarnos en el asunto partidista, las agrupaciones políticas enfrentan cada una su propia crisis en cuanto a organización, estructuras y ya no hablar de sus ideologías que se reducen a slogans o referentes que hacen las veces de fuentes históricas. Ello reduce la identidad de los partidos, se observan como franquicias.

Sí, tenemos alternancia, algo que se dificultó en el pasado reciente porque aún se recuerdan los fraudes electorales que golpearon los que pudieron ser avances en la vía democrática como sucedió aquella jornada del 6 de julio de 1988 con la participación del Frente Democrático Nacional que encabezó Cuauhtémoc Cárdenas, fecha oscura en que se cayó el sistema con las consecuencias posteriores.

Evidentemente, en 1988 no existía el árbitro electoral, las cosas en esta materia se definían desde la Secretaria de Gobernación para establecer reglas de inequidad pura, en la actualidad se cuenta con la participación del Instituto Nacional Electoral cuyo papel suele ser cuestionado por voces inconformes aunque sus aportes han sido fundamentales en cuanto a la alternancia registrada en nuestro país en lo transcurrido en el siglo XXI. Ha sido complicado extinguir el virus de la desconfianza que tiene larga data.

De los candidatos a las gubernaturas y otros espacios de representación popular se han escuchado diversos temas convertidos en escándalos, pocas propuestas en temas torales pese a nuestra realidad que da cuenta cotidianamente de actos delictivos que sugieren un auténtico apocalipsis en el que permanece la pandemia con sus efectos devastadores. Las llagas en el cuerpo social que no sanan porque no se atienden. Mientras la impunidad mantiene su empoderamiento y las injusticias son palpables, las autoridades de todos los niveles parecen ser rebasadas. Falta menos para las elecciones, menos de mes y medio, quien gane asumirá graves compromisos que como tales debe tratar con valor y no con esa característica tan propia de los ganadores: la soberbia.

Hace falta que la vocación democrática se manifieste con todos sus valores, no se da lo que no se tiene, el autoritarismo no va de la mano con dichas categorías, al final la discrepancia y la disidencia florecen en sociedades con una evidente maduración política, no es conveniente establecer un pensamiento único.

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