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Amor comestible

  • Estefania Riveros Figueroa

Es tan placentero cocinar como comer, aunque no todos gusten de ello en igual porcentaje. Lo cierto es que el arte culinario es un placer genuino que empieza desde el cultivo de los vegetales, la crianza de los animales y la selección de los ingredientes al visitar el mercado de colores; posteriormente percatarse de todas las destrezas que un par de manos pueden realizar y sentirse orgulloso de crear lo que en cualquier parte del mundo es bien recibido: el alimento. Se trata de una actividad positiva y que lo hace a uno considerarse útil, ya que le otorga la posibilidad de hacer sonreír de satisfacción a la gente, alimentar el estómago pero también el corazón.

Por lo demás, la serie de procedimientos involucran un festín a los sentidos y a las sensaciones en general. Escuchar la danza hipnótica del fuego bajo las cazuelas, oler los aromas que se esparcen por el recinto, ver la transformación de los colores, sentir las texturas de los ingredientes, coordinar los movimientos con el fin de picar, saltear, mover, verter, licuar, tamizar, acomodar pero sobre todo esperar, convierten a la cocina en un laboratorio de alquimia que transforma lo crudo, frío y desabrido en algo calientito, apetitoso y perdurable , porque la buena cocina es la que lleva como ingrediente principal el amor.

Nadie olvida el caldito de pollo que la abuela preparaba, el mole que hacía mamá para el cumpleaños de papá, la carne asada que los tíos servían con salsa borracha en las reuniones familiares, el panqué de nuez que cocinaba la madrina o las tortas de frijol con queso que se comen en excursión, con apenas una “embarradita” de la consabida leguminosa pero que sabe a gloria tras arduas jornadas caminando en el cerro.

Por más cursi o edulcorado que pueda parecer enlistar el amor como ingrediente principal al preparar cualquier receta, lo cierto es que quien haya comido en establecimientos de comida rápida por un prolongado periodo de tiempo o que se encuentre de viaje durante una estancia considerable, terminará irremediablemente aborreciendo el “nuevo sazón” que al principio le parecía cautivador pero que el paso del tiempo ha terminado por hastiar sus papilas gustativas.

No es cuestión de capricho de la lengua, tanto como lo es del corazón el extrañar la comida del terruño, siendo uno de los primeros síntomas de padecer el “síndrome del jamaicón”, aquél que se experimenta cuando en mitad de Europa tras un mes de alimentarse a base de papas y crepas, surge un deseo rabioso por comerse un buen taco de carnitas con chile jalapeño y tirar por la borda la cuisine française con todo y croissants.

El corazón es de tal suerte exigente con lo que por la boca entra, que hasta juega unas buenas trastadas a quien no le hace caso. Las primeras peleas campales entre los recién casados serán sin lugar a dudas a causa del consabido “no preparas la sopa de fideo igual que mi mamá” y los estudiantes que se van de intercambio o se independizan sabrán que abonarse en una cocina económica nunca reemplazará las tortitas de papa que preparaban en su casa, que a causa de la distancia se antoja lejana y pintoresca.

También es cierto que la edad influye en nuestra capacidad de disfrutar los alimentos, porque la resistencia cuasi extraterrestre de masticar dulces macizos con las muelas va disminuyendo con la edad, primero porque el colesterol, los triglicéridos y la acuciante herencia genética nos recuerdan que la diabetes está a la vuelta de la esquina y segundo porque la fuerza de la mordida que antes se jactaba de terminarse manzanas crujientes y mazorcas casi crudas, ha disminuido por no decir que se perdió totalmente.

Así las cosas, cocinar y comer se tornan en un ritual que cambia según la etapa de la vida, la estación del año o incluso las circunstancias geográficas, pero sea cual sea el evento, la gastronomía será siempre un acto de amor donde se pueden apreciar los más altos esquemas a los que ha llegado la civilización humana. Con palillos, tenedor, “barquitos” de tortilla, pan pita u hoja de plátano, debemos valorar el amor que hay detrás de la comida, ¿a poco no? Provecho. (M)