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Cenicienta y sus botas de gamuza

  • Adriana Mier y Teràn

 

 

Subió la Cenicienta a la carroza y su madrina le recomendó con mucho empeño que saliese del baile antes de medianoche, advirtiéndola que si permanecía en él un momento más, la carroza volvería a convertirse en calabaza.

Charles Perrault.

 

¡Ah, qué lindos son los cuentos de hadas!, aquellos con los cuales crecimos los legionarios X saturados por fábulas, paisajes oníricos, siluetas angelicales, canto de aves virtuosas y animalitos con dotes extraordinarias. Que endulzaban las rústicas cocinas de princesas, quienes por cierto eran un portento de virtud y cantos afinados y coreografías que harían palidecer al Balletto di Puglia. En resumen, dignas representantes de María Callas y Anna Pàvlova.

Hadas, caballeros y princesas, dulces reminiscencias que en ocasiones rebasaban lo empalagoso, pero que hacían suspirar a más de diez, en espera de aquel gallardo consorte que las rescatara de su morada plagada de mandrágoras y hiedra, y así alcanzar el tan ansiado “vivieron felices para siempre”. Tal como lo plasmó Charles Perrualt, quien por cierto nació entre seda y oropel; lo cual atribuyó su fascinación por la corte de Versalles y las crónicas de la condesa D. Aunloy.

Pero los trazos del escritor francés inferían connotaciones más profundas. Pues a manera de espejos de príncipes renacentistas, ofrecían pautas de comportamiento propio de la sociedad estamental y por ende, perpetuación de axiomas de género. Mismos que fueron retratados claramente en el cuento “Zapatilla de cristal”.

Sin embargo, tras el paso de Cenicienta, la escena de la mujer contemporánea fue abasteciéndose con diversos matices que le permitieron insertarse en la vida laboral. Trascendiendo de la esfera doméstica a la pública. Logrando conformarse como bastiones para el desarrollo económico y social del siglo XX.

Tomando como punto de partida, paradójicamente, el Palacio de Versalles, donde cientos de mujeres levantaron su voz, marchando a la par de los varones durante la Revolución Francesa. Disipando el mito de aquella joven imposibilitada para sortear al destino y recibir un nombre propio que la dotara de identidad.

Tal vez, si Cenicienta hubiera conocido sus derechos, se habría marchado hacia Milán para convertirse en virtuoso soprano dramático; cambiando las molestas zapatillas de cristal por un par de botas de gamuza y así recorrer de “mochilazo” la campiña italiana. Documentando cada escenario sin temor a que dieran las 12:00 de la noche y se acabara el sortilegio. Reconociéndose como un ser único e irrepetible, capaz de rescatarse a sí misma gracias a sus fortalezas y valía. Pues a pesar de los tropiezos, surgiría de nueva cuenta hacia sus metas. Dejando de lado las calabazas, zapatillas y horquillas. Resurgiendo como mujer auténtica, de carne y hueso, con barreras y fortalezas; añoranzas y esperanzas. Ni princesa, ni perfecta. (L)