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Educar desde el asombro

  • Adriana Mier y Teràn

 

Adriana Mier y Terán

 

“Es imposible enseñar sin la capacidad forjada, inventada, bien cuidada de amar”

Paulo Freire.

 

-¡Hay Canela! Exclamaba la dulce dama de rasgos dulces y cabello cano. Mientras efusiva ilustraba en la pizarra, aquella línea del tiempo que nos trasladaba hacia universos oníricos. En los cuales destacaban las figuras de Galatea y Polifemo.

Aún recuerdo esa expresión, dotada de ternura, que contrastaba con la firme voz y temple de aquella mujer menuda, que recitaba los versos de Góngora y Argote con magistral soltura. Cuya pasión y entrega, consiguieron permear mi esencia con letras y redondillas. Exaltando mi admiración por la literatura iberoamericana.

Cálida reminiscencia de aquellas mocedades. Cuando no existían pantallas de plasma que desviaran el interés de las páginas que revelaban cualidades angelicales de doncellas y robustos alfiles, cuyas estampas se difuminaban entre metáforas y tercetos encadenados.

Memorias que a pesar del tiempo quedaron plasmadas gracias a la dedicación y empeño de la maestra María Helena Ramírez Cabañas. A quien conocimos como Miss Cabañas. Directora del colegio en el cual transite mi niñez y adolescencia, quien cada mañana nos dedicaba, un poema o una reprimenda por haber sorteado los lazos de plástico que bordeaban los jardines, con afán de correr entre los aspersores que bañaban las hortensias.

Una mujer como pocas, cuyo tesón logró forjar centenas de estudiantes. Quienes ansiosos esperábamos, con asombro y temor, llegar a tercer año de secundaria. Grado en el cual impartiría la asignatura de literatura universal. He de confesar que muchos temblábamos ante dicha espera. Por los “temidos” exámenes bimestrales que organizaba en el gimnasio de la escuela.

Así que entre travesuras, tablas rítmicas, declamaciones y recitales de flauta, nuestra infancia trascendió, para convertirnos en inquietos adolecentes a quienes llegaba el turno de cursar el último año en secundaria; anticipando la nostalgia de aquella generación que se había mantenido unida desde preescolar.

Fue entonces que Miss Cabañas apareció por el umbral. Su mirada recorrió cada rostro que reconoció al instante. En tanto, una cálida sonrisa iluminó su rostro. Avanzó con paso sereno cruzando el aula ataviada, como siempre, con ese impecable conjunto sastre, coronado con un camafeo en la solapa. En tanto, aquel grupo conformado por viejos camaradas se mantuvo en silencio ante la presencia de la profesora.

Desde entonces, la línea del tiempo se detuvo, conformado un bucle de alusiones conllevando al legado de aquella líder. Quien durante más de cinco décadas, hasta su trascendencia al plano físico, ponderó el arte de la enseñanza. El cual se obtiene a través de la acertividad, entrega auténtica, humanismo, competencias académicas y capacidad de dar. Logrando educar desde el asombro. Pues es imposible enseñar sin la capacidad forjada, inventada, bien cuidada de amar. (F)