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El clasismo invisible

  • Adriana Mier y Teràn

SINTAGMAS

El reloj marcaba las 17:00 horas de una tarde dominical que comenzaba a mostrar su levedad de cara a una semana saturada de compromisos  y vaivenes  que comenzaban a mostrar su influjo con las alertas de  aquel celular  que no paraban de anunciar la agenda de una  nueva jornada laboral.

En un intento por frenar aquella vorágine de correos y mensajes apagué el dichoso aparato de tortura digital para  darme un tiempo fuera en mi  refugio personal. Donde gustosa me dispuse a disfrutar algunas cintas emblemáticas del cine nacional. Así que tras preparar una  tisana de frutos rojos, me  interne en el  clásico zappeo, que colocó  a mi alcance   múltiples opciones capaces de satisfacer aquel “antojo fílmico” vespertino.

De pronto, apareció. Aquella cinta cuya trama  emuló  textos isabelinos, tropicalizados a la cultura suburbana del barrio de Santa Fe en la Ciudad de México: Amarte duele.  Nudo que  desencadenó en una tragedia de sublimación, que desató un sinnúmero de réplicas  por  el clasismo, discriminación e intolerancia reflejada en la cinta.

Actualmente, dicho discurso pareciera cobrar relevancia. Siendo que a través de pantallas de plasma y cotidianeidad ha quedado de manifiesto la perpetuación de clasificación de castas  heredada por los peninsulares. Misma que  ha evolucionado hacia la apariencia física y capacidad monetaria. Alimentando la cultura popular y jerga nacional. Mostrando que 500 años después la desigualdad, racismo y clasismo perduran  en un país que, contradictoriamente,  clama por su orgullo nacionalista.

Tan solo hace unos días fue viralizado en redes sociales un video atribuido a Vanessa Royal Vlogger, quien enfatizó dicho fenómeno generando ámpulas en varios  connacionales, quienes  rechazan su vigencia.  Impactando  en una población donde paradójicamente el grosso de sus habitantes es de origen mestizo, evidenciando, de manera preocupante, la segregación   persistente en  México, que insta por defender su baluarte democrático.

Por lo cual resulta  menester  reconocer que la discriminación es un constructo social, no genético.  Para ello se precia la reflexión y la autocrítica, con afán de reconocer prácticas  anquilosadas   que resultan imperceptibles en el quehacer consuetudinario.

Así como asumir, de manera compartida, la responsabilidad social y personal que derive en escenarios que permitan difuminar el desmerecimiento   naturalizado  por más  de cinco centurias.   Reconociendo que la dignidad humana es inalienable, independientemente del estrato  social, apariencia, color de tez e ideario personal.

Tras más de hora y media de proyección y un vaso a medio llenar de infusión, me cuestioné si tras 16 años de aquella polémica difusión podremos diluir el espectro que aqueja a una colectividad  que clama por unidad en medio de cifras, retórica y  discusiones infundadas. Sociedad que en el fondo insta por verse unificada, marchando a la par, en beneficio de las generaciones venideras. (H)