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La jactancia

  • Estefania Riveros Figueroa

 

El sentimiento enfocado a sentirse superior a los demás se relaciona con la conducta jactanciosa, altiva y soberbia. El vocablo “soberbia” proviene del latín “superbus” y refiere a “lo que está por encima de”, por lo cual de acuerdo con la vox populi estaríamos afirmando que quien actúa con soberbia es aquella persona que ve a todos “desde el balcón de su indiferencia” en “la calle de la amargura”, tratando al resto con el “látigo de su desprecio”, considerando que la nube desde la que juzga el proceder ajeno, nunca ha de caer (o al menos, eso cree).

De tal suerte que al soberbio o a la soberbia se le puede herir en el orgullo fácilmente, dado que cuanto más inflado el ego posea, tanto más fácil será romper la burbuja de su vanidad, pues el narcisismo que la caracteriza va acompañado de ostentación que raya en lo superfluo, vano y fatuo.

Por ello es posible observar que el sujeto que gusta de la soberbia, no escatimará en pedanterías y presunciones, de donde se deriva que actúe como lo que llanamente se dice “fanfarrón”. El tipo fanfarrón goza y se deleita en un proceder engreído y petulante, viendo a todos por el rabillo del ojo y olvidando la viga que trae en el mismo.

Ante tal conducta, quien convive con el “farolón” puede actuar de dos maneras, ambas igual de perniciosas para los sujetos involucrados. La primera tiene que ver con el personaje del “lamebotas”, individuo adulador que solapa e incluso alimenta la conducta pendenciera del fanfarrón. La segunda corresponde al que se cree a pie juntillas las opiniones del soberbio, actuando maravillosamente el papel de víctima.

Sintiéndose supremo, insuperable y perfecto, el fanfarrón hace alarde a diestra y siniestra, sin miramiento en sus palabras y en sus opiniones, sobre cómo deberían conducirse los otros, siendo sin duda su forma de ser la mejor manera de hacer, actuar y pensar, puesto que aquellos que “no le llegan ni a los talones” se quedan cortos, ya que cuando “los otros van, ellos ya vienen”.

Se desprende entonces de la jactancia una serie de males morales que alaban la perfección como fin último de superación que ellos mismos encarnan en la Tierra por el simple hecho de existir. Considerando que el resto de los mortales no tienen menos que afrentarse de la suerte que les tocó, es entonces que el soberbio puede alzarse en su magnificencia con toda la vanagloria que su alterada percepción le permite, al creer con la convicción de aquel que ve su razón como la única cierta, que el aplauso de su probidad es la aseveración más fidedigna que merece el pedestal autoimpuesto sobre el que ha edificado su insolencia.

Pero escribió en algún momento Francisco de Quevedo: “La soberbia nunca baja de donde sube, pero siempre cae de donde subió”, corroborándose en lo que manifiesta la sabiduría popular al afirmar que: duele más la caída, cuanto más alto se está y sabiendo que el refrán popular comenta que “con la vara que mides, serás medido”, pareciera que se cumple a cabalidad el que “en el pecado, va la penitencia”.

Estando enterado de la mezquindad que puede producir en la mente la semilla de la arrogancia, ten cuidado lector de caer en las garras del orgullo, no te veas en algún momento seducido por tu propio reflejo si no quieres convertirte en una marioneta de la chulería. Allea jacta est! (L)