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La lisonja y el lisonjero

  • Daniel Ambriz Méndoza

 

Estoy convencido de la riqueza humana y de la grandeza espiritual que se llega a desarrollar en las personas, por eso confío en las ganas que puedo observar en mucha gente para mejorar perfeccionándose a sí mismos, sobreponiéndose al pésimo humor social que nos asfixia y que, si nos dejamos contaminar, nos llevará a la confrontación social y a la ruina intelectual. El pesimismo y la frustración no serán nunca buenos consejeros ni el camino para la superación personal o colectiva.

Por eso, es de tomarse en cuenta el trabajo que se hace desde la trinchera filosófica del mejoramiento humano personal y permanente, buscando crear una sinergia de fuerzas similares que en su conjunto despierten la convicción para abrazar un proyecto de cambio para el beneficio común, son pocas las personas con estas características, las que al encontrarlas en nuestro camino, no debemos dejar en la soledad para que el efecto de sus propósitos revolucionarios se esparza con mayor fuerza en todas direcciones, y su luz llene el hueco que deja la penumbra de la ignorancia y el flagelo de la pobreza.

Hay muchos obstáculos que se atravesarán en el camino y que sólo la riqueza de espíritu podrá vencer, lastres que, por encima de esculpir constantemente de la roca interna, amenazan al más culto, al más sabio o al más instruido. Uno de ellos es la lisonja y el otro es el lisonjero, ambos unidos como el tamal a la hoja, están ahí, amenazantes y perniciosos como la rabia; peligrosos y nocivos como la humedad.

La lisonja es la tentación de los débiles, la miel en el oído, la adulación que mata sueños y malogra proyectos. El lisonjero es la persona que utiliza la lisonja para enamorar, es el débil de espíritu que no tiene más recursos para convencer, es el ser despreciable que sin piedad destruye a los demás valiéndose del ensalzamiento excesivo y de la labia desmedida, aderezada muchas veces con mentiras, con doble cara y con la ausencia de dignidad al tenderse en el piso cual falsa alfombra. Qué gran daño hacen los lisonjeros a la humanidad y a las organizaciones políticas y sindicales. Por esto, se les pide siempre a los hombres y a las mujeres libres y de buenas costumbres cuidarse de estas dos amenazas, la tarea es detectarlas a tiempo y alejarlas inmediatamente antes de que comiencen a verter su veneno para evitar un daño que a la larga sería irreversible.

Por lo anterior expuesto, le doy la razón a quien dijo amar a quien lo critica y le señala sus errores porque le ayuda a mejorar permanentemente y a superar sus metas, quien critica asertivamente no quiere dañar, intenta ayudar y fortalecer un trabajo conjunto para el beneficio de la humanidad, quiere construir en terreno sólido; sólo que en muchas ocasiones una actitud así es mal interpretada por los escasos de cultura y débiles de espíritu, éstos prefieren al lisonjero porque les agrada que les endulcen el oído, sin darse cuenta que van directo al fracaso, con el riesgo de quedar en la memoria colectiva como seres indeseables, al igual que aquel adulador que lo llevó directo al fango.

Adentrarse por la senda que tiende a la perfección sin lograrla, es complicado porque somos humanos y en el trayecto nos topamos con mil tentaciones, por este camino no transitan los débiles, pocos son los llamados a realizar una tarea inconmensurable. Aunque nada se oculta bajo el sol, verán las cosas en su real dimensión quienes tengan ojos para ver y escucharán la voz de la verdad quienes tengan oídos para escuchar, preceptos universales que traspasan cualquier ley creada por el hombre. Hasta la próxima. (–)