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Orgullo emplumado

  • Estefania Riveros Figueroa

Sobrevolando las cúspides más altas, atravesando el cielo bajo los recios rayos del Astro Rey, va  desplazándose con la majestuosidad que su estirpe posee desde que Huitzilopochtli le confió a los venidos de Aztlán al comunicarles que sería ella, y no otro símbolo, la señal divina donde habría de fundarse un imperio que todavía hasta la fecha asombra por su grandeza.

Ella va alto, muy alto, más allá de la vista y de los confines que los hombres trazaron para el mundo terreno, blanco de la envidia secretamente guardada entre los anhelos de los que nos desplazamos por el suelo debido a nuestra incapacidad natural para volar, un sueño que intentaron acariciar lo mismo Da Vinci que los hermanos Wright y que todavía los arquitectos modernos tratan de alcanzar con rascacielos torpes, comparados con la ligereza de la reina de las aves, más libre y distinguida, como jamás haya existido.

Ella no conoce de fronteras, ni siquiera de oscuridad, porque no sabe de sombras que la cubran, ya que siempre va por arriba del resto y no hay nada por encima de ella; por el contrario, es su sombra la que se extiende como el manto emblemático que representa a los mexicanos en el mundo entero, cuando su perfil recortado contra el lienzo blanco devora la serpiente que sus garras y pico han tomado presa con habilidad y equilibrio, al tiempo que se posa sobre un nopal.

Su sombra, como se decía, su perfil todo, la extensión de sus alas abiertas de par en par, deja por donde pasa una estela de plumas brunas que decoran el paisaje del altiplano mexicano, siempre con el porte que sólo la realeza de las aves puede ostentar.

Símbolo de poder entre los aztecas, quienes incluso adoptaron su figura merecidamente como una investidura militar a la par del jaguar, la representación de la estrategia y el ojo avizor, que desde lo alto puede escudriñar a detalle el terreno mientras con sigilo sobrevuela dejándose llevar por el viento, sin más necesidad que planear, al tiempo que su garbo se ensancha desde el vértice de su soberbio pico, hasta la curvatura de sus afiladas garras.

Qué profunda es su mirada, qué arrogante curiosidad ilumina sus pupilas; cuánta inteligencia emana de su presencia, una mezcla de elegancia y orgullo que anima a sacar el pecho e imitar su semblante, la maestría con la que se deja llevar por Eolo y cómo se dirige sagaz y certeramente hacia su objetivo, con una fortaleza que transmite serenidad cuando se la ve, porque parece no dudar, parece siempre saber dónde posarse, da la impresión de que la indecisión no va con ella.

Sin embargo, ella también es el testimonio de la decadencia, visible en las constantes amenazas ejercidas contra su hábitat natural; víctima de la ceguera humana, debe pagar con su vida la condena de la extinción entre las rejas de una jaula cada vez que trafican con su libertad, impidiéndole ser una con las fuerzas de la naturaleza, dominar su territorio, que son los cielos y no los cuatro ángulos estrechos de la prisión.

Es una reina cautiva que mira el derrumbe de su territorio, que muere de hambre y agoniza en la esclavitud que le imponen los humanos debido a su venta ilegal, a la urbanización de las zonas montañosas donde anida, a la tala clandestina de los árboles, falleciendo electrocutada por las mallas electrificadas o envenenada al ingerir roedores contaminados. Qué triste manera de desaparecer justo por mano de aquellos que la eligieron como símbolo nacional, los mismos que hoy  sofocan, sin saberlo, un pedacito de su patria cada vez que muere una de ellas. Mientras nosotros los de abajo seguimos cobijados por la bóveda celeste que nos ve crecer, cultivar, reír y llorar, los que antes éramos vistos por la reina de las aves actualmente sólo  apreciamos su vuelo cuando la bandera ondea en lo alto, impresa en la tela como el recordatorio de la grandeza que poco a poco se le ha arrebatado. (H)