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Por México

  • Estefania Riveros Figueroa

Estefanía Riveros Figueroa

 

En este día se conmemora un episodio trágico de la historia nacional, razón por la cual la bandera que hondea particularmente durante el mes de septiembre en los cielos mexicanos se coloca a media asta, pues se recuerda la heroica defensa del Colegio Militar mediante la batalla en el Castillo de Chapultepec el 13 de septiembre de 1847, protagonizada por sus jóvenes estudiantes ante la invasión de tropas norteamericanas, el episodio famosamente conocido como la historia de los Niños Héroes.

Se trata de un pasaje emblemático donde resuena como un eco de una historia increíble, la hazaña de Juan Escutia que en un acto desesperado por evitar la posesión de la bandera por parte de manos enemigas decidió envolverse en ella y salvaguardarla con su cuerpo y su vida. Una historia romántica que no ha estado exenta de críticas y polémicas que ponen en entredicho la veracidad de la misma y sospechan que se trata más de un relato para enaltecer el fervor patrio, que un acontecimiento verdadero.

Sea lo que sea, lo cierto es que una de las funciones de la historia es sin lugar a dudas influir en quien la relata y en quien la escucha, y puede impactar en la manera en que se concibe el presente, en tanto genera héroes, ídolos, modelos a seguir, se traspasan ideales, modelos virtuosos y se mantiene vivo el sentido de pertenencia e identidad hacia un país, grupo o facción.

Influir en las personas, sobre todo cuando se trata de ciudadanos de un país, tiene muchas implicaciones y debiera ser una reflexión que prime en nosotros durante este mes que tiene un gran valor histórico para el pueblo de México y más aun estando en Morelia, ciudad que desde la Nueva España se ha caracterizado por acunar el movimiento ideológico de la emancipación.

El criterio que podamos desarrollar a partir de dichas reflexiones nos permitirá entender en gran medida nuestro presente al asumir que el desarrollo de los hechos pasados dio como resultado nuestro devenir actual. Resumido en la frase de Cicerón: “La historia es la maestra de la vida” y ese continuo aprender de lo que sucedió y refrendar el reconocimiento de la valentía, es lo que nos infunde esperanza para continuar aun en tiempos difíciles.

Una vez motivados por la reflexión, podremos encontrar muchos aspectos criticables o incluso datos veraces, pero en el fondo debemos reconocer que vale la pena creer todavía en los héroes, no como seres de cualidades suprahumanas, sino como mortales que aun reconociendo sus limitaciones y las grandes probabilidades de fracasar en sus empresas, lo intentaron.

Ese es el espíritu del héroe, aquel que lo intenta a pesar de la tempestad porque en su interior se anima la esperanza y el deseo de no rendirse. Los héroes están en todas partes y en la vida cotidiana, muchos son anónimos y no se les reconoce, pero de no ser por esos pequeños actos de valentía, la historia hubiera podido tomar un rumbo diferente.

Una cosa es que el discurso imperante en el poder ensalce héroes y destrone a otros, que se use la historia para justificar posturas políticas, enmendar pasajes o influir en la memoria colectiva, otra cosa sería el ejercicio reflexivo en torno al cual nos ocupamos hoy, el considerar la falibilidad humana de los héroes que nos dieron patria, pero a quienes con todo y sus defectos les reconocemos el coraje que los animó a cambiar su situación con la esperanza de mejorar.

Aunque no hayan sido niños, pero sí jóvenes, aunque no conocemos más a fondo la veracidad de sus vidas, en los seis nombres de Juan de la Barrera, Juan Escutia, Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca, Vicente Suárez y Francisco Márquez estamos todos nosotros y en nuestro interior está la posibilidad de convertirnos en héroes, lo más probable en héroes anónimos, pero en héroes al final y al cabo que con su trabajo diario, con la honradez para ganarse el pan y con ética ciudadana, damos nuestra vida por México. (F)