/ domingo 3 de enero de 2021

¡Ey, Charly! La vida es un blues: crónica del músico moreliano

Armado con una mini bocina, un micrófono y un conjunto de siete armónicas, logra filtrar su música entre la sirena de la ambulancia que transita por la Avenida Madero

Morelia, Michoacán-(OEM-infomex).- El blues de Charly se hace de un espacio en medio de los ruidos de la ciudad. Armado con una mini bocina, un micrófono y un conjunto de siete armónicas, logra filtrar su música entre la sirena de la ambulancia que transita por la Avenida Madero, las campanas de la Catedral y los motores insolentes que al oído fastidian.

Ya pasó diciembre y Charly está en lo suyo. Es la segunda sesión de blues del día y el show tiene lugar en el improvisado escenario que ha montado a las afueras del banco que se ubica justo a un costado de la Cámara de Diputados de Michoacán. Mientras los usuarios aguardan en la fila para acceder al cajero, se entretienen viendo al hombre que se contonea como si una corriente eléctrica atravesara su cuerpo.

Su nombre completo es Carlos Martín Sánchez Pimentel y dice que el blues es su vida. Tiene 56 años de edad, pero todo comenzó cuando apenas tenía seis. Por aquellos ayeres, sus hermanos mayores solían reventar los altavoces con discos de Led Zeppelin. Entre esas idas y venidas, Charly recuerda cuando escuchó por primera vez “You shook me” y cómo la armónica de Robert Plant lo sedujo de inmediato.

Con una voz aguardientosa que es consecuencia de su viejo alcoholismo, relata que aunque ama la música desde el minuto cero y ésta lo ha acompañado en cada etapa de su vida, por un largo periodo dejó de tocarla. Se vio obligado a emigrar a Chicago y en 20 años se dedicó a trabajar todos los días bajo jornadas intensas de 12 horas.

En todo ese tiempo, confiesa que solamente en dos ocasiones actuó para un público, pero celebra que lo hizo codo a codo con lo que él llama los “morenos”; es decir, músicos callejeros de los Estados Unidos que llevan bien adentro las raíces del blues.

Pero en casa el legado no se detuvo y su hijo pronto heredaría el gusto por Buddy Guy y todos los grandes. Fue Chris Sánchez, quien convenció a su padre de formar una banda y retomar el camino que había quedado pausado.

“Apá, vamos a darle a lo que me enseñaste” le dijo Chris mientras le mostraba una libreta con ocho canciones propias que había logrado escribir a sus 19 años de edad. Un Charly emocionado le dijo que sí, que era momento de lanzarse a la aventura y volver a apropiarse de aquella vieja frase que por poco olvidaba: “Todo sea por el blues”.

La Chris Sánchez Blues Band tiene tres discos en su andar y antes de que la pandemia hiciera lo suyo se encontraba alistando lo que sería su cuarto material de estudio, además de una presentación en la segunda edición del Festival Internacional de Blues que tendría como sede a la ciudad de Celaya, Guanajuato.

Dicen que el show debe continuar y Charly lo sabe. Al día dedica seis horas para decirle a la ciudad que el blues no tiene fecha de caducidad. Si la cosa camina, llega a recaudar 300 pesos en una jornada; pero si la diosa fortuna no lo acompaña, se conforma con que algunas personas se atrevan a escuchar las notas que de su armónica estallan.

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“El blues lo que nos muestra al mundo es que tiene una magia que te permite soltar y retroalimentar a la misma música, te libera, te saca lo que tú gustes: monstruos, demonios y malas ondas. Te sientes otro, eso es cuando sientes el blues con pasión o sí sabes percibir lo que te está transmitiendo”.

En esa misión anda el músico durante las noches en el primer cuadro de la ciudad. Algunos peatones se ven más interesados por los aparadores de las tiendas de ropa y otros simplemente exhiben su indiferencia. Pero también están los que van silbando la melodía en su andar, los que dejan unos pesos en la gorra y hasta le dedican gestos aprobación.

Las pistas retumban en la bocina una tras otra y Charly no ofrece tregua: es un viejo lobo de mar que presume haberse formado a puro oído. Asegura que no ensayó y que simplemente se deja llevar por las sensaciones para detectar el momento preciso en el que debe activar su instrumento.

Con su sombrero de batalla estilo Pork Pie, lentes sobre la nuca y su playera del Kings Blues Club de Memphis, se vanagloria cuando detecta que alguien mueve de forma involuntaria los pies al ritmo de la música. Se siente cómodo tocando en la calle y despotrica contra los bares que prefieren a las llamadas “bandas tributo”.

Para Charly todo empieza y termina con el blues. Admite y respeta la variedad de sonidos musicales, pero dice que lo suyo fue primero. Honor a quien honor merece. “Gracias a esto es que hoy podemos estar escuchando jazz, rock and roll, disco, funky y una larga lista”. Habla de su género desde la melancolía y es que en el mundo de los sueños rotos, tienen cabida los profesionistas, obreros, desempleados, ricos y pobres. Dicho con otras palabras: cuando se trata de dolor, una armónica es capaz de curar a cualquier alma rota.

Morelia, Michoacán-(OEM-infomex).- El blues de Charly se hace de un espacio en medio de los ruidos de la ciudad. Armado con una mini bocina, un micrófono y un conjunto de siete armónicas, logra filtrar su música entre la sirena de la ambulancia que transita por la Avenida Madero, las campanas de la Catedral y los motores insolentes que al oído fastidian.

Ya pasó diciembre y Charly está en lo suyo. Es la segunda sesión de blues del día y el show tiene lugar en el improvisado escenario que ha montado a las afueras del banco que se ubica justo a un costado de la Cámara de Diputados de Michoacán. Mientras los usuarios aguardan en la fila para acceder al cajero, se entretienen viendo al hombre que se contonea como si una corriente eléctrica atravesara su cuerpo.

Su nombre completo es Carlos Martín Sánchez Pimentel y dice que el blues es su vida. Tiene 56 años de edad, pero todo comenzó cuando apenas tenía seis. Por aquellos ayeres, sus hermanos mayores solían reventar los altavoces con discos de Led Zeppelin. Entre esas idas y venidas, Charly recuerda cuando escuchó por primera vez “You shook me” y cómo la armónica de Robert Plant lo sedujo de inmediato.

Con una voz aguardientosa que es consecuencia de su viejo alcoholismo, relata que aunque ama la música desde el minuto cero y ésta lo ha acompañado en cada etapa de su vida, por un largo periodo dejó de tocarla. Se vio obligado a emigrar a Chicago y en 20 años se dedicó a trabajar todos los días bajo jornadas intensas de 12 horas.

En todo ese tiempo, confiesa que solamente en dos ocasiones actuó para un público, pero celebra que lo hizo codo a codo con lo que él llama los “morenos”; es decir, músicos callejeros de los Estados Unidos que llevan bien adentro las raíces del blues.

Pero en casa el legado no se detuvo y su hijo pronto heredaría el gusto por Buddy Guy y todos los grandes. Fue Chris Sánchez, quien convenció a su padre de formar una banda y retomar el camino que había quedado pausado.

“Apá, vamos a darle a lo que me enseñaste” le dijo Chris mientras le mostraba una libreta con ocho canciones propias que había logrado escribir a sus 19 años de edad. Un Charly emocionado le dijo que sí, que era momento de lanzarse a la aventura y volver a apropiarse de aquella vieja frase que por poco olvidaba: “Todo sea por el blues”.

La Chris Sánchez Blues Band tiene tres discos en su andar y antes de que la pandemia hiciera lo suyo se encontraba alistando lo que sería su cuarto material de estudio, además de una presentación en la segunda edición del Festival Internacional de Blues que tendría como sede a la ciudad de Celaya, Guanajuato.

Dicen que el show debe continuar y Charly lo sabe. Al día dedica seis horas para decirle a la ciudad que el blues no tiene fecha de caducidad. Si la cosa camina, llega a recaudar 300 pesos en una jornada; pero si la diosa fortuna no lo acompaña, se conforma con que algunas personas se atrevan a escuchar las notas que de su armónica estallan.

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“El blues lo que nos muestra al mundo es que tiene una magia que te permite soltar y retroalimentar a la misma música, te libera, te saca lo que tú gustes: monstruos, demonios y malas ondas. Te sientes otro, eso es cuando sientes el blues con pasión o sí sabes percibir lo que te está transmitiendo”.

En esa misión anda el músico durante las noches en el primer cuadro de la ciudad. Algunos peatones se ven más interesados por los aparadores de las tiendas de ropa y otros simplemente exhiben su indiferencia. Pero también están los que van silbando la melodía en su andar, los que dejan unos pesos en la gorra y hasta le dedican gestos aprobación.

Las pistas retumban en la bocina una tras otra y Charly no ofrece tregua: es un viejo lobo de mar que presume haberse formado a puro oído. Asegura que no ensayó y que simplemente se deja llevar por las sensaciones para detectar el momento preciso en el que debe activar su instrumento.

Con su sombrero de batalla estilo Pork Pie, lentes sobre la nuca y su playera del Kings Blues Club de Memphis, se vanagloria cuando detecta que alguien mueve de forma involuntaria los pies al ritmo de la música. Se siente cómodo tocando en la calle y despotrica contra los bares que prefieren a las llamadas “bandas tributo”.

Para Charly todo empieza y termina con el blues. Admite y respeta la variedad de sonidos musicales, pero dice que lo suyo fue primero. Honor a quien honor merece. “Gracias a esto es que hoy podemos estar escuchando jazz, rock and roll, disco, funky y una larga lista”. Habla de su género desde la melancolía y es que en el mundo de los sueños rotos, tienen cabida los profesionistas, obreros, desempleados, ricos y pobres. Dicho con otras palabras: cuando se trata de dolor, una armónica es capaz de curar a cualquier alma rota.

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