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Yo sí quiero que mi hijo sea torero

La mamá de Pepe López se oponía a que él fuera matador

Hace días tuve una conversación singular, inesperada, con la señora madre de un torero. Fue una charla ilustrativa, enternecedora, muy cálida. Mi interlocutora lleva por nombre Patricia Gutiérrez, una dama en toda la extensión de la palabra, dueña de una claridad de pensamiento que en nada deja lugar a la duda y de una expresividad que refuerza lo que dice con sus palabras y señala con sus grandes ojos claros.

Como dije,  su nombre es Patricia, pero afectivamente se le conoce como Paty Gutiérrez, señorona de voz potente, clara y muchos matices, por tanto no hay que interpretar lo que dice, porque todo lo precisa con puntualidad y nada deja a la suposición, nada se queda como cabo suelto. Sus frases son directas y sus conceptos redondos.

“Siempre me opuse a que mi hijo fuera torero, por eso tuvimos muchas diferencias con su papá. No fueron pocas las veces que salimos mal, desde que Pepe era niño torero. Los jalones eran constantes, yo estuve permanentemente en contra”.

Claro, se trata de la señora madre del matador de toros Pepe López, el coleta que es dueño de un toreo de arte, de un manierismo muy de él. Hijo también de Pepe López, un novillero de los años idos que tuvo la onza y ganó laureles ante grandes figuras de cuarto lustro del siglo anterior.

Bien, Paty Gutiérrez no quería que Pepe López fuera torero, sin embargo lo apoyó siempre, aún en contra de su criterio y, por ende, apoyó, aunque a regañadientes, a su marido. “Yo sufrí mucho, me angustiaba, pero también tuve momentos de gran alegría, de grandes satisfacciones, de todo”.

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Para convencerse de que Pepe López, su hijo, sería torero por encima de todo, pasaron los años, los tragos amargos, las hieles de la mala tarde y las mieles de los triunfos sonados, y en Paty Gutiérrez se prohijaba una idea nueva, un convencimiento diferente, porque veía que su hijo no deja de crecer en su toreo, además se daba cuenta que en él no dejaba de crecer la intención de convertirse en figura del Arte de Cúchares.

“Por darle tiempo a su afición mi hijo dejó mucho, no ha sido como otros chamacos, él se ha esforzado, ha luchado intensamente, y hemos llorado juntos en momentos difíciles, pero también hemos reído y disfrutado muchas veces”.

Hoy día, la señora ha cambiado su criterio, ahora lo que dice le sale del alma, se nutre en su mente y lo expresa en palabras contundentes: “Yo sí quiero que mi hijo sea torero”. Y esa afirmación la explica, la soporta con un análisis serio e imparcial:

“Lo he visto crecer, ser cada vez mejor. He sido testiga de su esfuerzo, de su entrega, de que ha dejado mucho de lo que hacen otros jóvenes a su edad, y todo lo ha hecho porque está decidido a triunfar. Por eso repito: Yo sí quiero que mi hijo sea torero”.

El verde de sus ojos se intensifica, esboza una sonrisa y entonces admite que ahora “le doy gracias porque es torero”. Sí, después de estar en contra de que Pepe López siguiera su sueño, lo alienta, lo estimula, lo respalda al ciento veinte por ciento, claro con su bendición de madre de por medio “porque ahora lo veo maduro”.

Contenta precisa que ahora ve a su hijo como un torero más hecho, muy preparado, maduro: “Sé que el peligro está allí, más lo veo dueño de la situación y las circunstancias; sé que puede llegar un accidente, sin embargo, sé que por él no quedará”.

Tiene claro que sufre mas cuando está en la plaza y lo ve torear que cuando no asiste a la corrida o el festival: “No siento lo mismo, es más difícil cuando lo veo, es entonces que me digo ¿a qué vine? Cuando no lo veo es diferente, el miedo está allí, pero no se sufre igual”.

Y allí, de frente, le dijo a Pepe López, su hijo: “Quiero que seas torero, que hagas lo que te gusta, que triunfes, que seas feliz”. Y luego volteó hacia mí, hacia la cámara con la que yo la grababa: “Yo sí quiero que mi hijo sea torero”. Así sea.