/ sábado 19 de diciembre de 2020

1, 2, 3… Lobo a la pista: historias nocturnas del Mirage

Es la periferia de la ciudad, donde las caretas se pierden en la noche y se da paso a los excesos

Morelia, Michoacán (OEM-Infomex).- Johan sabe que todo es cuestión de actitud. A las 2 de la madrugada salta a la pista con uniforme militar y accionado su metralleta imaginaria: “¡Taca, taca, taca!”. De fondo suena “Escuela del virus ántrax” de Calibre 50 y aunque en el lugar sobran mesas, se va desprendiendo de la ropa como si una masa eufórica lo pidiera.

Es la periferia de la ciudad, donde las caretas se pierden en la noche y se da paso a los excesos. Mujeres y hombres aplauden, tocan, chiflan, beben y gozan con los cuerpos masculinos que se apoderan del escenario y se balancean sobre el tubo al ritmo de reguetón, electrónica, balada o lo que sea.

Dice Johan que aquí todos caben. En cada jornada de trabajo interactúa con mujeres casadas, divorciadas, novias, gays y hasta señores cuarentones que se olvidan por un rato del anillo de matrimonio. Tiene 22 años de edad, pero asume el papel de rockstar del lugar. Mueve los pezones al ritmo de la música y es el único que se atreve a mostrar su pene, tal como se lo enseñó su mentor, el que lo llevó al mundo de los strippers.

Foto: Fernando Maldonado | El Sol de Morelia

A los 15 años de edad le ofrecieron trabajo de animador en un sonidero y pronto se daría cuenta que sentía una atracción especial por bailar. Lo siguiente fue verse bien, acudir al gimnasio y mejorar su aspecto físico. Entre pesas y rutinas de ejercicio, conoció al stripper que le daría su primera oportunidad en el mítico y extinto Open Mind.

La primera experiencia fue “chingona” y llena de nervios. En aquella ocasión, solamente se atrevió a quitarse la playera, pero presume que con los años ha ido madurando como stripper y todo lo que ello conlleva. Se ha acostumbrado a los swinger, a las despedidas de soltera, a los “mana larga” y a hacer de la noche su modo de sobrevivencia.

Hay veladas en las que también se cansa, donde el ánimo es bajo y la soledad asfixia. Pero se dice un enamorado de las luces neón y enemigo de los rayos del sol. Ha aprendido a tratar a sus clientes y a detectar sus intenciones.

Foto: Fernando Maldonado | El Sol de Morelia

Le apodan el “Lobo” y no escatima en sus movimientos cuando aquella mujer de la mesa central está dispuesta a exprimir los 50 pesos que costó su cover. Sonríe mientras su bronceado se pasea por todo el escenario a sabiendas de que las miradas recaen sobre su persona.

Lo del uniforme bélico tiene una explicación. Hace dos años su papá falleció y aunque nunca pudo ser testigo de lo que hacía arriba del escenario, le heredó toda la indumentaria militar que usó en vida por profesión y por mero gusto.

Sigue leyendo: Hierba, porro, fuego: ¡Préndete, Chino!

Su rutina no pasa de los 10 minutos, pero la noche se acompaña con intermedios de cumbia, shows de imitación de Amanda Miguel, Marisela y Ana Gabriel. Mientras el “Buki” le cantaba las “Mañanitas” a la Virgen de Guadalupe, en el Mirage Night Club todos coreaban “Si no te hubieras ido”.

Foto: Fernando Maldonado | El Sol de Morelia

Las cubetas de cerveza van y vienen y si la cosa se pone más atrevida, los strippers también le bailan a los acompañantes varones, quienes incómodos y nerviosos ponen a tambalear su heterosexualidad en pleno cachondeo.

Los novios celosos insisten en pagar la cuenta, pero las mujeres se aferran a “un show y ya”. Al final la mesa que era de 10, se ha quedado con tres cómplices de fiesta dispuestas a alargar la eternidad y a pedir perdón por la mañana.

Johan se lleva 500 pesos por noche, pero si los privados fluyen, la cifra puede aumentar a 700 ó mil pesos. Y es que el verdadero negocio está por fuera: despedidas de soltera y celebraciones de divorcio. Ahí la cosa cambia y en una sola farra se puede llevar hasta 2 mil pesos. “Aquí es donde te ganas los contactos y esos eventos, con tu desempeño arriba”.

Foto: Fernando Maldonado | El Sol de Morelia

En el mundo de los strippers hay códigos: prohibido enamorarse. Johan lo ha ignorado en tres ocasiones y en todas ellas ha perdido. De las caídas y las decepciones aprendió que para las mujeres es un objeto de atracción por unas horas y nada más. Adiós al amor romántico.

La noche es su día a día, su modo de vivir. Le hace feliz y lo maravilla en todos los sentidos. Es lo que le da de comer. Para dormir, las mañanas son más largas. Piensa en el show que tiene para mañana en Ciudad Hidalgo, en sus rutinas y como buen artista, se imagina a la multitud vitoreándolo cuando en los altavoces se grite bien fuerte: “¡El lobooo!”.

A eso de las 2 de la madrugada, Jesús Francisco Ferrer aparecerá activando su metralleta imaginaria frente a mujeres felices y libres. En esta vida, cada quien rinde tributo a los suyos desde la pista que le toca bailar.

Morelia, Michoacán (OEM-Infomex).- Johan sabe que todo es cuestión de actitud. A las 2 de la madrugada salta a la pista con uniforme militar y accionado su metralleta imaginaria: “¡Taca, taca, taca!”. De fondo suena “Escuela del virus ántrax” de Calibre 50 y aunque en el lugar sobran mesas, se va desprendiendo de la ropa como si una masa eufórica lo pidiera.

Es la periferia de la ciudad, donde las caretas se pierden en la noche y se da paso a los excesos. Mujeres y hombres aplauden, tocan, chiflan, beben y gozan con los cuerpos masculinos que se apoderan del escenario y se balancean sobre el tubo al ritmo de reguetón, electrónica, balada o lo que sea.

Dice Johan que aquí todos caben. En cada jornada de trabajo interactúa con mujeres casadas, divorciadas, novias, gays y hasta señores cuarentones que se olvidan por un rato del anillo de matrimonio. Tiene 22 años de edad, pero asume el papel de rockstar del lugar. Mueve los pezones al ritmo de la música y es el único que se atreve a mostrar su pene, tal como se lo enseñó su mentor, el que lo llevó al mundo de los strippers.

Foto: Fernando Maldonado | El Sol de Morelia

A los 15 años de edad le ofrecieron trabajo de animador en un sonidero y pronto se daría cuenta que sentía una atracción especial por bailar. Lo siguiente fue verse bien, acudir al gimnasio y mejorar su aspecto físico. Entre pesas y rutinas de ejercicio, conoció al stripper que le daría su primera oportunidad en el mítico y extinto Open Mind.

La primera experiencia fue “chingona” y llena de nervios. En aquella ocasión, solamente se atrevió a quitarse la playera, pero presume que con los años ha ido madurando como stripper y todo lo que ello conlleva. Se ha acostumbrado a los swinger, a las despedidas de soltera, a los “mana larga” y a hacer de la noche su modo de sobrevivencia.

Hay veladas en las que también se cansa, donde el ánimo es bajo y la soledad asfixia. Pero se dice un enamorado de las luces neón y enemigo de los rayos del sol. Ha aprendido a tratar a sus clientes y a detectar sus intenciones.

Foto: Fernando Maldonado | El Sol de Morelia

Le apodan el “Lobo” y no escatima en sus movimientos cuando aquella mujer de la mesa central está dispuesta a exprimir los 50 pesos que costó su cover. Sonríe mientras su bronceado se pasea por todo el escenario a sabiendas de que las miradas recaen sobre su persona.

Lo del uniforme bélico tiene una explicación. Hace dos años su papá falleció y aunque nunca pudo ser testigo de lo que hacía arriba del escenario, le heredó toda la indumentaria militar que usó en vida por profesión y por mero gusto.

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Su rutina no pasa de los 10 minutos, pero la noche se acompaña con intermedios de cumbia, shows de imitación de Amanda Miguel, Marisela y Ana Gabriel. Mientras el “Buki” le cantaba las “Mañanitas” a la Virgen de Guadalupe, en el Mirage Night Club todos coreaban “Si no te hubieras ido”.

Foto: Fernando Maldonado | El Sol de Morelia

Las cubetas de cerveza van y vienen y si la cosa se pone más atrevida, los strippers también le bailan a los acompañantes varones, quienes incómodos y nerviosos ponen a tambalear su heterosexualidad en pleno cachondeo.

Los novios celosos insisten en pagar la cuenta, pero las mujeres se aferran a “un show y ya”. Al final la mesa que era de 10, se ha quedado con tres cómplices de fiesta dispuestas a alargar la eternidad y a pedir perdón por la mañana.

Johan se lleva 500 pesos por noche, pero si los privados fluyen, la cifra puede aumentar a 700 ó mil pesos. Y es que el verdadero negocio está por fuera: despedidas de soltera y celebraciones de divorcio. Ahí la cosa cambia y en una sola farra se puede llevar hasta 2 mil pesos. “Aquí es donde te ganas los contactos y esos eventos, con tu desempeño arriba”.

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