/ domingo 8 de octubre de 2023

Guadalupe Loaeza retrata un país permisivo y de doble moral en “La amante de Río Nilo”

Guadalupe Loaeza presenta su nuevo libro, La amante de Río Nilo. La novela del adulterio más famoso de México

Este no es sólo un caso real, sino conocido de cerca por su autora. Guadalupe Loaeza se conmovía con los relatos que Suzy le hacía afuera de su casa, donde se estacionaba cuando iba a dejar a la clienta VIP de Nina Ricci, la firma a la que le llevaba las relaciones públicas. Pasaba largo rato escuchando esa historia de exilio en México, país al que la turca de origen judío sefaradí llegó en 1941, obligada por la guerra y huyendo del nazismo, sin dinero, sin amigos, sin hablar el idioma y con un matrimonio arreglado. Entonces, cuenta a El Sol de México Loaeza, ni siquiera se imaginaba que iba a escribir un libro sobre la trágica vida de quien fue considerada “la mujer mejor vestida de México”, encarcelada en Lecumberri por adúltera.

La autora de Las niñas bien, pasó los últimos 10 años investigando el caso de “el adulterio más famoso de México”, que resultó en una novela de época en la que se mezclan realidad y ficción, sobre el ménage à trois entre Suzanne Avramow, su esposo Paul Antebi y su amante Robert Gilly.

De reciente aparición, La amante de Río Nilo, es también un retrato de la sociedad de la época, los años 40 y 50, cuando en tiempos de guerra, “México era un paraíso”, relata la autora, quien escribió la novela contrarreloj, ante la incertidumbre que le provocó haber sido diagnosticada de cáncer en marzo del año pasado. Tenía que terminarla, dice, como prometió a sus hijos.

Quizá ella misma aparece en las páginas de su novela, como Lupita, la vendedora de la boutique Vogue donde Suzy compraba las prendas que la hacían destacar. Están además su madre, Lola Tovar, quien dividía a las damas de sociedad con las que trataba en “las Comulgantas” y “las Comunistas”, un joven Carlos Fuentes que iniciaba su carrera como escritor, la hija del embajador de China Dooren Feng, quien fue la mejor amiga de Suzy, la cronista de sociales más famosa de la época, Maruca Palomino y el que es considerado “el presidente más corrupto de México”, entre otros personajes de la sociedad, la intelectualidad y la política.

“Había mucho influyentismo, mucha impunidad y corrupción, porque el presidente Miguel Alemán ponía el mal ejemplo”, apunta Loaeza. “Todo se valía, era un México ideal para los extranjeros, estaba en pleno la Segunda Guerra Mundial y México les parecía un paraíso. Empezaba la modernidad, Acapulco se volvió el centro turístico del mundo, todas la parejas pasaban su luna de miel ahí, como los Kennedy, Acapulco era la joya de la corona de ese México, pero al mismo tiempo había una hipocresía, una doble moral, ¡imagínese que estaban ex comulgados los que bailaban mambo! Y lo que es peor, es que metían a la cárcel a las mujeres por adulterio”.

PARAÍSO EN TIEMPOS DE GUERRA

Un cierto antisemitismo marcó también el destino de Suzy, pues tanto ella como su esposo, eran de origen judío, explica Guadalupe Loaeza, quien señala el tinte “feminista” de la novela, que expone cómo el linchamiento social fue para la mujer, que estuvo recluida mientras el amante permaneció en libertad durante el juicio; entre otras sanciones, se le retiró la patria potestad de sus dos hijos y al esposo le fue concedido un conveniente acuerdo económico de divorcio.

Ella era sefaradí y él judío árabe. Ella llegó a México en mayo de 1941 y en julio de ese año se casó con Antebi, un prominente ingeniero, que dirigía Laboratorios Grupo Roussel, S.A., quien, aunque fue discreto y no hizo comentario alguno cuando descubrió que su esposa no era virgen, esperó hasta poder vengar esa afrenta años después, cuando la acusó de adulterio.

“Era un México muy chiquito, muy provinciano, muy permisivo, porque el que ponía la pauta, pues era Miguel Alemán, con su Cadillac, sus puros, sus novias, era el final del gobierno de Ávila Camacho y el principio del de Miguel Alemán. Un país amable, seguro, todavía no había cárteles, aunque estaban los pistoleros de los políticos, y sacaban la pistola si algo no les parecía. No había libertad de expresión, la mujer no votaba, su voz no contaba”, agrega la autora de Las yeguas desbocadas.

El periodismo de la época, tal como refleja la novela, destacaba la crónica social, muy apreciada por las clases altas. “Hasta la fecha, seguimos siendo de los pocos periódicos en el mundo con estas crónicas que no existen en otros países. Yo un día le pregunté a uno muy rico, ‘oiga, ¿por qué quiere salir en las secciones de sociales?’. Y me respondió, ‘quiero que la gente sepa que tengo un matrimonio sólido, con hijos, es una garantía, socialmente nos da cierto cache’. Aunque hubieran sido corruptos, con casa chica, amigos de gángsteres, comprando periodistas, pero en una sociedad tan hipócrita, la crónica social daba una buena imagen”, señala.

La sociedad se iba conformando con grandes diferencias entre ricos y pobres. Y, dice Loaeza, siendo “un país tan provinciano”, la crónica social era el lugar donde los privilegiados tenían que aparecer. “Las niñas ricas comenzaron a casarse con políticos revolucionarios, que habían bajado del caballo para subirse al Cadillac, haga de cuenta que decían ‘tú me das tu apellido y yo te doy mi dinero’, eran niñas bien, casadas con alemanistas corruptos. En ese México tan permisivo, todo se valía, ¡menos el adulterio!”.

VÍCTIMA DE SUS CIRCUNSTANCIAS

Los periódicos de la época como La Prensa, cubrieron ampliamente el conflicto entre “el marido engañado y la adúltera”. La escritora comenta que como parte de su exhaustivo trabajo de investigación tiene un archivo periodístico, las transcripciones de los careos del juicio y habló con abogados que le confirmaron que en este país, hasta 2011 el adulterio era considerado un delito.

“Fue un escándalo social, porque ella al entrar a Lecumberri, llegaban sus amistades muy elegantes a visitarla, era un happening, ella tuvo que compartir celda con dos presas, y estaba muy preocupada por su bolsa Hermès, que si se la iban a regresar o no, porque se la quitaron cuando entró”.

Parte de la ficción, revela Loaeza, es el acuerdo al que llega Antebi con Gilly porque éste le debía 30 mil pesos. El marido, ofendido desde que descubrió en la noche de bodas que su esposa no era virgen y además preocupado por no compartir su fortuna tras el divorcio, le pide que salga con su mujer y se dejen ver públicamente. “‘Exhíbela’, le dijo. Esa parte de la puesta en escena es cierta, porque lo leí en los careos, a lo mejor sí le debía, pero lo de los 30 mil, yo lo inventé, era mucho dinero”.

Como en una novela romántica, Suzanne tuvo un primer amor, Herschel, su novio polaco de juventud, con quien efectivamente se reencontró en París después de la guerra y de su travesía en México, que pasó por dos divorcios.

“La vida de Suzy fue como de esas familias sobrevivientes de la guerra que tienen como un karma, algo trágico, atrás de esas historias siempre hay tragedias y no lo pueden superar, son cicatrices que nunca cierran, porque fue tan terrible esa guerra, tan injusta. Y Suzy estaba dividida, por un lado era muy exitosa, todo mundo la invitaba, tenía una casa muy bien puesta, ella siempre impecable, muy bonita, y por otro lado tenía culpa, porque se salva ella y no se salvaron su mamá y su hermana. Fue víctima de sus circunstancias, unas circunstancias tristes, al final vivía en París y se ocupaba de una librería polaca muy bonita”.

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En un pasaje de la novela, recién salida de Lecumberri, sin dinero y con el escarnio social a cuestas, Suzanne Avramow, pide ayuda a su padre, quien le entrega un reloj de oro para que lo venda; además, su buen amigo Blumy le obsequia una valiosa joya y entre las dos piezas, recibe 12 mil pesos. Abriéndose paso en el Centro de la ciudad, está más cerca de la boutique Vouge que de una avenida para abordar un taxi. Entra y gasta casi todo en un abrigo y ropa de diseñador que se pone ahí mismo, para dirigirse a un careo con su esposo.

“En eso sí la entiendo y me identifico, yo soy así, igual de gastalona”, admite Guadalupe Loaeza casi al final de una extensa charla en el salón de su casa de las Lomas. “Toda proporción guardada, como decía Flaubert ‘Madame Bovary c'est moi’, Suzy soy yo”, remata sonriente.

Este no es sólo un caso real, sino conocido de cerca por su autora. Guadalupe Loaeza se conmovía con los relatos que Suzy le hacía afuera de su casa, donde se estacionaba cuando iba a dejar a la clienta VIP de Nina Ricci, la firma a la que le llevaba las relaciones públicas. Pasaba largo rato escuchando esa historia de exilio en México, país al que la turca de origen judío sefaradí llegó en 1941, obligada por la guerra y huyendo del nazismo, sin dinero, sin amigos, sin hablar el idioma y con un matrimonio arreglado. Entonces, cuenta a El Sol de México Loaeza, ni siquiera se imaginaba que iba a escribir un libro sobre la trágica vida de quien fue considerada “la mujer mejor vestida de México”, encarcelada en Lecumberri por adúltera.

La autora de Las niñas bien, pasó los últimos 10 años investigando el caso de “el adulterio más famoso de México”, que resultó en una novela de época en la que se mezclan realidad y ficción, sobre el ménage à trois entre Suzanne Avramow, su esposo Paul Antebi y su amante Robert Gilly.

De reciente aparición, La amante de Río Nilo, es también un retrato de la sociedad de la época, los años 40 y 50, cuando en tiempos de guerra, “México era un paraíso”, relata la autora, quien escribió la novela contrarreloj, ante la incertidumbre que le provocó haber sido diagnosticada de cáncer en marzo del año pasado. Tenía que terminarla, dice, como prometió a sus hijos.

Quizá ella misma aparece en las páginas de su novela, como Lupita, la vendedora de la boutique Vogue donde Suzy compraba las prendas que la hacían destacar. Están además su madre, Lola Tovar, quien dividía a las damas de sociedad con las que trataba en “las Comulgantas” y “las Comunistas”, un joven Carlos Fuentes que iniciaba su carrera como escritor, la hija del embajador de China Dooren Feng, quien fue la mejor amiga de Suzy, la cronista de sociales más famosa de la época, Maruca Palomino y el que es considerado “el presidente más corrupto de México”, entre otros personajes de la sociedad, la intelectualidad y la política.

“Había mucho influyentismo, mucha impunidad y corrupción, porque el presidente Miguel Alemán ponía el mal ejemplo”, apunta Loaeza. “Todo se valía, era un México ideal para los extranjeros, estaba en pleno la Segunda Guerra Mundial y México les parecía un paraíso. Empezaba la modernidad, Acapulco se volvió el centro turístico del mundo, todas la parejas pasaban su luna de miel ahí, como los Kennedy, Acapulco era la joya de la corona de ese México, pero al mismo tiempo había una hipocresía, una doble moral, ¡imagínese que estaban ex comulgados los que bailaban mambo! Y lo que es peor, es que metían a la cárcel a las mujeres por adulterio”.

PARAÍSO EN TIEMPOS DE GUERRA

Un cierto antisemitismo marcó también el destino de Suzy, pues tanto ella como su esposo, eran de origen judío, explica Guadalupe Loaeza, quien señala el tinte “feminista” de la novela, que expone cómo el linchamiento social fue para la mujer, que estuvo recluida mientras el amante permaneció en libertad durante el juicio; entre otras sanciones, se le retiró la patria potestad de sus dos hijos y al esposo le fue concedido un conveniente acuerdo económico de divorcio.

Ella era sefaradí y él judío árabe. Ella llegó a México en mayo de 1941 y en julio de ese año se casó con Antebi, un prominente ingeniero, que dirigía Laboratorios Grupo Roussel, S.A., quien, aunque fue discreto y no hizo comentario alguno cuando descubrió que su esposa no era virgen, esperó hasta poder vengar esa afrenta años después, cuando la acusó de adulterio.

“Era un México muy chiquito, muy provinciano, muy permisivo, porque el que ponía la pauta, pues era Miguel Alemán, con su Cadillac, sus puros, sus novias, era el final del gobierno de Ávila Camacho y el principio del de Miguel Alemán. Un país amable, seguro, todavía no había cárteles, aunque estaban los pistoleros de los políticos, y sacaban la pistola si algo no les parecía. No había libertad de expresión, la mujer no votaba, su voz no contaba”, agrega la autora de Las yeguas desbocadas.

El periodismo de la época, tal como refleja la novela, destacaba la crónica social, muy apreciada por las clases altas. “Hasta la fecha, seguimos siendo de los pocos periódicos en el mundo con estas crónicas que no existen en otros países. Yo un día le pregunté a uno muy rico, ‘oiga, ¿por qué quiere salir en las secciones de sociales?’. Y me respondió, ‘quiero que la gente sepa que tengo un matrimonio sólido, con hijos, es una garantía, socialmente nos da cierto cache’. Aunque hubieran sido corruptos, con casa chica, amigos de gángsteres, comprando periodistas, pero en una sociedad tan hipócrita, la crónica social daba una buena imagen”, señala.

La sociedad se iba conformando con grandes diferencias entre ricos y pobres. Y, dice Loaeza, siendo “un país tan provinciano”, la crónica social era el lugar donde los privilegiados tenían que aparecer. “Las niñas ricas comenzaron a casarse con políticos revolucionarios, que habían bajado del caballo para subirse al Cadillac, haga de cuenta que decían ‘tú me das tu apellido y yo te doy mi dinero’, eran niñas bien, casadas con alemanistas corruptos. En ese México tan permisivo, todo se valía, ¡menos el adulterio!”.

VÍCTIMA DE SUS CIRCUNSTANCIAS

Los periódicos de la época como La Prensa, cubrieron ampliamente el conflicto entre “el marido engañado y la adúltera”. La escritora comenta que como parte de su exhaustivo trabajo de investigación tiene un archivo periodístico, las transcripciones de los careos del juicio y habló con abogados que le confirmaron que en este país, hasta 2011 el adulterio era considerado un delito.

“Fue un escándalo social, porque ella al entrar a Lecumberri, llegaban sus amistades muy elegantes a visitarla, era un happening, ella tuvo que compartir celda con dos presas, y estaba muy preocupada por su bolsa Hermès, que si se la iban a regresar o no, porque se la quitaron cuando entró”.

Parte de la ficción, revela Loaeza, es el acuerdo al que llega Antebi con Gilly porque éste le debía 30 mil pesos. El marido, ofendido desde que descubrió en la noche de bodas que su esposa no era virgen y además preocupado por no compartir su fortuna tras el divorcio, le pide que salga con su mujer y se dejen ver públicamente. “‘Exhíbela’, le dijo. Esa parte de la puesta en escena es cierta, porque lo leí en los careos, a lo mejor sí le debía, pero lo de los 30 mil, yo lo inventé, era mucho dinero”.

Como en una novela romántica, Suzanne tuvo un primer amor, Herschel, su novio polaco de juventud, con quien efectivamente se reencontró en París después de la guerra y de su travesía en México, que pasó por dos divorcios.

“La vida de Suzy fue como de esas familias sobrevivientes de la guerra que tienen como un karma, algo trágico, atrás de esas historias siempre hay tragedias y no lo pueden superar, son cicatrices que nunca cierran, porque fue tan terrible esa guerra, tan injusta. Y Suzy estaba dividida, por un lado era muy exitosa, todo mundo la invitaba, tenía una casa muy bien puesta, ella siempre impecable, muy bonita, y por otro lado tenía culpa, porque se salva ella y no se salvaron su mamá y su hermana. Fue víctima de sus circunstancias, unas circunstancias tristes, al final vivía en París y se ocupaba de una librería polaca muy bonita”.

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En un pasaje de la novela, recién salida de Lecumberri, sin dinero y con el escarnio social a cuestas, Suzanne Avramow, pide ayuda a su padre, quien le entrega un reloj de oro para que lo venda; además, su buen amigo Blumy le obsequia una valiosa joya y entre las dos piezas, recibe 12 mil pesos. Abriéndose paso en el Centro de la ciudad, está más cerca de la boutique Vouge que de una avenida para abordar un taxi. Entra y gasta casi todo en un abrigo y ropa de diseñador que se pone ahí mismo, para dirigirse a un careo con su esposo.

“En eso sí la entiendo y me identifico, yo soy así, igual de gastalona”, admite Guadalupe Loaeza casi al final de una extensa charla en el salón de su casa de las Lomas. “Toda proporción guardada, como decía Flaubert ‘Madame Bovary c'est moi’, Suzy soy yo”, remata sonriente.

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