/ viernes 25 de septiembre de 2020

A la Santa Muerte no la detiene ni el Covid

En este pueblo cercano a Erongarícuaro, desde hace 20 años festejan cada 17 de septiembre a "La Niña Blanca"

Morelia, Michoacán-(OEM-Infomex).- Para muchos es “la niña blanca” de mil formas y no siempre tan blanca. Capaz de conceder el mayor de los milagros pero también de desatar todos los infiernos, como ahora, según sus fervorosos creyentes.

Al parecer, la Santa Muerte, no se detiene ante nada y tampoco la detiene la pandemia.

Sus seguidores discretos, fervientes, bravos y arrojados, se cuentan por miles y “cada vez son más”, señala con orgullo Luis Rojas, dueño de la casa y administrador del templo dedicado a la Santa Muerte que se encuentra en la comunidad rural de Santa Ana Chapitiro, en el municipio de Erongarícuaro, a unos 80 kilómetros de la capital del estado y a unos pasos del emblemático Pátzcuaro.

El pasado 17 de septiembre y como desde hace casi 20 años, se celebra en este lugar el día dedicado a la Santa Muerte, en el que como una deidad religiosa más, se organizan peregrinaciones de muchas partes del estado y del país.

En este lugar, pequeño, pintoresco y situado a pie de carretera, “la niña santa” encontró su casa y refugio luego de que un lugareño de nombre José Humberto Anaya decidiera construirle una casa de dos pisos, un templo y un adoratorio que se asemeja a museo, en el que no solo él sino otros que compartían su devoción, pudieran tener un lugar donde orar en paz, lejos de las miradas de quien ve con malos ojos este culto.

Foto: Adid Jiménez | El Sol de Morelia

Según cuenta Rojas, se decidió construir una estatua monumental de la “Santísima” de más de tres metros de alto en la entrada de la casa, pero también una escultura de José Humberto vestido de charro para dejar testimonio del benefactor e iniciador de este culto en Michoacán.

Al paso de los años se ha convertido en el templo y lugar por excelencia en el que durante tres días (17, 18 y 19 de Septiembre) niños y adultos se dedican a la “oración”, a la devoción de la Santa Muerte.

Es el Tepito rural michoacano, “donde en el que viene en son de paz, es bien recibido, pero el que viene a buscar otra cosa también la encuentra”, declara Luis con tono grave, mientras un joven de su equipo de seguridad, mira a los reporteros sin quitar la mano de la bolsa baja de su pantalón, donde se le dibuja un arma del tamaño de su mano.

Puede interesarte: Más de 300 michoacanos, fallecidos por Covid-19 en Estados Unidos

Es viernes 18 de septiembre y una pertinaz lluvia tiene a todos y todo empapados. Al fondo suena música con la Banda Hermanos Campos de Erongarícuaro, que están en la parte alta de la casa en un pasillo largo y estrecho, en el que sin embargo se acomodan apretadas unas 50 personas para disfrutar de las melodías.

Luis Rojas cuenta que “una vez hasta vino Julio Preciado a cantarle hasta acá a nuestra Señora”.

Foto: Adid Jiménez | El Sol de Morelia

La Casa de la Santa Muerte es amplia, de pasillos largos y húmedos en el que cada septiembre se van acomodando en sus paredes los “milagritos” que los devotos fervientes le traen en formas de pintura, retablos, figuras de todos lo tamaños y colores. La presentan incluso vestida como novia o quinceañera, pero siempre son sus huesos desencajados de las manos y la cara. Inconfundible.

También tiene una “iglesia”, repleta de su imagen, de flores y de velas, de todos los colores: “blanca para atraer la paz: verde para la sanción, negra, para desear y hacer el mal; roja para el amor; morada para ahuyentar las envidias, etcétera”, eso cuenta Azucena, quien en medio de un charco colocó un puesto de lociones, inciensos, velas, rosarios, pulseras y cualquier souvenir relacionada con la Santa Muerte, para llevarle antes de entrar al templo.

Pero la Santa Muerte no está peleada con nadie. En su iglesia convive incluso con deidades aztecas, con el dios padre y dios hijo de la religión católica y con el propio Jesucristo.

Comparte altar, flores, y ofrendas con ellos en un ambiente “sagrado”, muy parecido al de los templos cristianos.

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Nada detiene a los feligreses para irla a ver en su día, aún bajo la lluvia y la pandemia.

Algunos con cubrebocas y otros sin ellos. Las medidas sanitarias aquí se esfuman en el entendido que el manto de “la santita”, cubrirá y protegerá a todos sus creyentes, “de a deveras y a los que no crean en ella probablemente morirán contagiados”.

Si acaso este año se observa menos gente se quejan los comerciantes de afuera del templo que también notan que inspectores del ayuntamiento de Erongarícuaro vigilan la afluencia de la gente.

Foto: Adid Jiménez | El Sol de Morelia

Las dos peregrinaciones que llegaron cerca de las 20 horas del primer día de festejos, estaba escasa pero no menos entusiasmada. Algunos empezaron a sacar el mezcal, el tequila y otras cosas para aguantar el clima y la noche.

“Son gente que nada más viene a tomar y a comer”, reprocha don Martín, el dueño del único puesto de tacos de tripa, bistec y chorizo que se atrevió a abrir este año, como desde hace 15, cuando el iniciador del culto, a quien recuerda como su amigo, le dio permiso de poner su puesto en cada festividad.

Aquí convergen mujeres, hombres, ancianos y niños. Todos coinciden en que es muy milagrosa, que ha hecho milagros que nada tienen que ver con lo mundano. Incluso cuentan que hay quién la vio en persona y lo regreso a este mundo a cambio de sólo una cosa: devoción absoluta y ciega.

También dicen que es celosa, que para su veneración es necesario tenerle un mini templo y dirigirse a ella con cariño y respeto, comprarle vestidos, incluso joyas. También dicen que es vengativa y que parte de lo que hoy vive el mundo es porque algo le debemos. En el fondo los devotos creen que es la única santa o deidad que no distingue colores, raza o condición, que es como el Covid-19, democrático y que se llevará a todos por igual, en un día no muy lejano.

Morelia, Michoacán-(OEM-Infomex).- Para muchos es “la niña blanca” de mil formas y no siempre tan blanca. Capaz de conceder el mayor de los milagros pero también de desatar todos los infiernos, como ahora, según sus fervorosos creyentes.

Al parecer, la Santa Muerte, no se detiene ante nada y tampoco la detiene la pandemia.

Sus seguidores discretos, fervientes, bravos y arrojados, se cuentan por miles y “cada vez son más”, señala con orgullo Luis Rojas, dueño de la casa y administrador del templo dedicado a la Santa Muerte que se encuentra en la comunidad rural de Santa Ana Chapitiro, en el municipio de Erongarícuaro, a unos 80 kilómetros de la capital del estado y a unos pasos del emblemático Pátzcuaro.

El pasado 17 de septiembre y como desde hace casi 20 años, se celebra en este lugar el día dedicado a la Santa Muerte, en el que como una deidad religiosa más, se organizan peregrinaciones de muchas partes del estado y del país.

En este lugar, pequeño, pintoresco y situado a pie de carretera, “la niña santa” encontró su casa y refugio luego de que un lugareño de nombre José Humberto Anaya decidiera construirle una casa de dos pisos, un templo y un adoratorio que se asemeja a museo, en el que no solo él sino otros que compartían su devoción, pudieran tener un lugar donde orar en paz, lejos de las miradas de quien ve con malos ojos este culto.

Foto: Adid Jiménez | El Sol de Morelia

Según cuenta Rojas, se decidió construir una estatua monumental de la “Santísima” de más de tres metros de alto en la entrada de la casa, pero también una escultura de José Humberto vestido de charro para dejar testimonio del benefactor e iniciador de este culto en Michoacán.

Al paso de los años se ha convertido en el templo y lugar por excelencia en el que durante tres días (17, 18 y 19 de Septiembre) niños y adultos se dedican a la “oración”, a la devoción de la Santa Muerte.

Es el Tepito rural michoacano, “donde en el que viene en son de paz, es bien recibido, pero el que viene a buscar otra cosa también la encuentra”, declara Luis con tono grave, mientras un joven de su equipo de seguridad, mira a los reporteros sin quitar la mano de la bolsa baja de su pantalón, donde se le dibuja un arma del tamaño de su mano.

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Luis Rojas cuenta que “una vez hasta vino Julio Preciado a cantarle hasta acá a nuestra Señora”.

Foto: Adid Jiménez | El Sol de Morelia

La Casa de la Santa Muerte es amplia, de pasillos largos y húmedos en el que cada septiembre se van acomodando en sus paredes los “milagritos” que los devotos fervientes le traen en formas de pintura, retablos, figuras de todos lo tamaños y colores. La presentan incluso vestida como novia o quinceañera, pero siempre son sus huesos desencajados de las manos y la cara. Inconfundible.

También tiene una “iglesia”, repleta de su imagen, de flores y de velas, de todos los colores: “blanca para atraer la paz: verde para la sanción, negra, para desear y hacer el mal; roja para el amor; morada para ahuyentar las envidias, etcétera”, eso cuenta Azucena, quien en medio de un charco colocó un puesto de lociones, inciensos, velas, rosarios, pulseras y cualquier souvenir relacionada con la Santa Muerte, para llevarle antes de entrar al templo.

Pero la Santa Muerte no está peleada con nadie. En su iglesia convive incluso con deidades aztecas, con el dios padre y dios hijo de la religión católica y con el propio Jesucristo.

Comparte altar, flores, y ofrendas con ellos en un ambiente “sagrado”, muy parecido al de los templos cristianos.

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Nada detiene a los feligreses para irla a ver en su día, aún bajo la lluvia y la pandemia.

Algunos con cubrebocas y otros sin ellos. Las medidas sanitarias aquí se esfuman en el entendido que el manto de “la santita”, cubrirá y protegerá a todos sus creyentes, “de a deveras y a los que no crean en ella probablemente morirán contagiados”.

Si acaso este año se observa menos gente se quejan los comerciantes de afuera del templo que también notan que inspectores del ayuntamiento de Erongarícuaro vigilan la afluencia de la gente.

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“Son gente que nada más viene a tomar y a comer”, reprocha don Martín, el dueño del único puesto de tacos de tripa, bistec y chorizo que se atrevió a abrir este año, como desde hace 15, cuando el iniciador del culto, a quien recuerda como su amigo, le dio permiso de poner su puesto en cada festividad.

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