/ martes 15 de febrero de 2022

Babel

Nuestro país se asemeja más a una Torre de Babel dado el nivel de encono con una predisposición tóxica de algunas figuras políticas que no dejan de moldear desencuentros, confrontaciones y todo aquello que abra produzca más fisuras. Los conflictos ad perpetuam.

Los problemas que ahora se glosan a diario han sido previsibles, tanto el oficialismo como la oposición enfocan sus esfuerzos en la siguiente elección, el corto plazo de apodera en muchos de quienes han hecho del pragmatismo su nueva ruta y para ello han enviado de vacaciones a sus doctrinas originarias que sustentan ideologías.

Mientras las descalificaciones son el enorme lugar común, la pacificación en el país no se advierte porque no se observan signos que digan lo contrario: homicidios dolosos por doquier, periodistas asesinados y una larga lista de calamidades.

Al final del día pesa la impunidad y la falta de certidumbre, ausencia de acuerdos y un escenario caliente que genera más vacíos que inspiran desconfianza porque la inseguridad parece estar empoderada.

Resulta imperativa la necesidad de aplicar la norma vigente porque en caso opuesto sólo se va a robustecer la impunidad que es la antítesis del derecho, es precisa la normatividad porque los seres humanos la necesitan por su propia naturaleza depredadora, así lo expresaron hace siglos los contractualistas del poder como Tomas Hobbes y Juan Jacobo Rousseau, es decir los pactos sociales para garantizar una convivencia deseable.

Al final la aplicación e interpretación de la ley es una manera de hacer política, sin dicho elemento el caos avanzaría porque sin controles y límites el ser humano retornaría al árbol del que bajó, el poder político tiene legalidad como legitimidad, la coerción también forma parte de sus atributos pero lo fundamental es apostar a una convivencia pacífica, una auténtica civilización en donde la democracia sea algo más que solo una forma de gobierno.

Se sitúa a la política como sinónimo de conflicto porque el ser humano es complejo, aunque originalmente esta ciencia y arte se diseñó para alcanzar el bienestar colectivo, el pensamiento clásico griego se decantaba por el objetivo teleológico del bien común como un sinónimo de la felicidad. Esto significa que los temas de interés debieran politizarse en el sentido originario y no como pasto para la grilla más atroz.

Casi hemos cumplido dos años de incertidumbre y zozobra por el alto impacto que ha surtido la pandemia por Covid-19, la cual impacta la salud, también las finanzas públicas y privadas junto a otros daños llamados colaterales, el mal humor social se incrementó con la ola de inseguridad y la insoportable levedad de la clase política con su pragmática fórmula para desdibujar ideologías.

La realidad exige asumir responsabilidades, voluntad y combatir a fondo la ilegalidad, la impunidad es una tumoración social que visibiliza el déficit en materia de justicia, los numerosos crímenes cotidianos son un reflejo de ello.

El presente advierte signos preocupantes con una cadena de males que parecieran no tener final a corto plazo aunque siempre cabe la esperanza de la voluntad política para adoquinar la ruta por un futuro mejor.

Nuestro país se asemeja más a una Torre de Babel dado el nivel de encono con una predisposición tóxica de algunas figuras políticas que no dejan de moldear desencuentros, confrontaciones y todo aquello que abra produzca más fisuras. Los conflictos ad perpetuam.

Los problemas que ahora se glosan a diario han sido previsibles, tanto el oficialismo como la oposición enfocan sus esfuerzos en la siguiente elección, el corto plazo de apodera en muchos de quienes han hecho del pragmatismo su nueva ruta y para ello han enviado de vacaciones a sus doctrinas originarias que sustentan ideologías.

Mientras las descalificaciones son el enorme lugar común, la pacificación en el país no se advierte porque no se observan signos que digan lo contrario: homicidios dolosos por doquier, periodistas asesinados y una larga lista de calamidades.

Al final del día pesa la impunidad y la falta de certidumbre, ausencia de acuerdos y un escenario caliente que genera más vacíos que inspiran desconfianza porque la inseguridad parece estar empoderada.

Resulta imperativa la necesidad de aplicar la norma vigente porque en caso opuesto sólo se va a robustecer la impunidad que es la antítesis del derecho, es precisa la normatividad porque los seres humanos la necesitan por su propia naturaleza depredadora, así lo expresaron hace siglos los contractualistas del poder como Tomas Hobbes y Juan Jacobo Rousseau, es decir los pactos sociales para garantizar una convivencia deseable.

Al final la aplicación e interpretación de la ley es una manera de hacer política, sin dicho elemento el caos avanzaría porque sin controles y límites el ser humano retornaría al árbol del que bajó, el poder político tiene legalidad como legitimidad, la coerción también forma parte de sus atributos pero lo fundamental es apostar a una convivencia pacífica, una auténtica civilización en donde la democracia sea algo más que solo una forma de gobierno.

Se sitúa a la política como sinónimo de conflicto porque el ser humano es complejo, aunque originalmente esta ciencia y arte se diseñó para alcanzar el bienestar colectivo, el pensamiento clásico griego se decantaba por el objetivo teleológico del bien común como un sinónimo de la felicidad. Esto significa que los temas de interés debieran politizarse en el sentido originario y no como pasto para la grilla más atroz.

Casi hemos cumplido dos años de incertidumbre y zozobra por el alto impacto que ha surtido la pandemia por Covid-19, la cual impacta la salud, también las finanzas públicas y privadas junto a otros daños llamados colaterales, el mal humor social se incrementó con la ola de inseguridad y la insoportable levedad de la clase política con su pragmática fórmula para desdibujar ideologías.

La realidad exige asumir responsabilidades, voluntad y combatir a fondo la ilegalidad, la impunidad es una tumoración social que visibiliza el déficit en materia de justicia, los numerosos crímenes cotidianos son un reflejo de ello.

El presente advierte signos preocupantes con una cadena de males que parecieran no tener final a corto plazo aunque siempre cabe la esperanza de la voluntad política para adoquinar la ruta por un futuro mejor.

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