/ martes 12 de abril de 2022

La realidad

La violencia es el reflejo estridente de la inseguridad que cobra víctimas, incertidumbre y un sentimiento de impotencia que exhibe debilidad institucional evidente para plasmar situaciones oscuras en la realidad en donde no terminan de contarse homicidios dolosos para complicar la convivencia social.

Se requieren otras estrategias y nuevas políticas públicas para hacer frente a los estragos que dejan los poderes fácticos agrupados en el crimen organizado, de lo contrario el cuerpo social de México se habrá gangrenado y con ello llegará la noche de manera anticipada.

No se debe soslayar la alta incidencia delictiva, la realidad sin maquillaje ofrece escenarios devastados con un tejido social maltrecho, no obstante dicha problemática no se aborda porque nuestra clase política se vuelve cada vez más tóxica al producir debates infecundos que exhiben una polarización creciente en donde el conflicto parece el eje rector para dejar de lado la concertación, se ocupa de la edificación de acuerdos que abonen para facilitar la gobernabilidad.

Las más altas tribunas de la nación son secuestradas para llenar los recintos de exabruptos, necedades y frivolidades que al final producen un tedio inútil que acumula más anécdotas sin mayor trascendencia, hace falta asumir el tratamiento de lo verdaderamente importante porque la seguridad, el bien común y la observancia y aplicación de la norma deben ser finalidades del estado.

La narrativa actual está conectada con los escándalos, las masacres y los grandes vacíos que suelen llenarse de la peor manera, los hechos están a la vista en diferentes regiones del país no existe el sosiego, ausencia de seguridad y abundancia de zozobra, impunidad galopante y ausencia del derecho. La clase política que suele reciclarse no atina a proponer, prescribir y definir las medidas necesarias para generar otras condiciones que disminuyan el grado tóxico de la realidad a consecuencia del crimen. Faltan acciones concretas para alcanzar la pacificación, sobra la demagogia.

Lograr la paz social, abatir la incidencia delictiva debe verse como obligación y no como utopía, no debe normalizarse la violencia ni excluir la capacidad de indignación porque ello petrificaría futuras acciones para aceptar lo indeseable, corresponde al estado mexicano perseguir los delitos como lo establecen las normas jurídicas vigentes.

Por ello las autoridades deben hacer su parte en el presente que es complejo pero tampoco imposible para hacerle frente a los problemas estructurales crecientes que desdibujan la convivencia social.

Aunque la cultura es una de las asignaturas más olvidadas, por lo regular cuando se habla de recortes presupuestales es una de las áreas más afectadas aunque la demanda va en sentido contrario porque lograr la paz no solo implica la coercitividad del estado sino delinear políticas públicas que se constituyan como auténticas fortalezas para alcanzar una realidad diferente que al menos refleje una esperanza verdadera para que no llegue la catástrofe.

Es por ello que se debe apostar a nuevas políticas vinculadas al arte y la cultura porque ello funcionaría como al antídoto al veneno de la violencia, es el momento porque la situación actual lo demanda, es necesario e inaplazable.

La violencia es el reflejo estridente de la inseguridad que cobra víctimas, incertidumbre y un sentimiento de impotencia que exhibe debilidad institucional evidente para plasmar situaciones oscuras en la realidad en donde no terminan de contarse homicidios dolosos para complicar la convivencia social.

Se requieren otras estrategias y nuevas políticas públicas para hacer frente a los estragos que dejan los poderes fácticos agrupados en el crimen organizado, de lo contrario el cuerpo social de México se habrá gangrenado y con ello llegará la noche de manera anticipada.

No se debe soslayar la alta incidencia delictiva, la realidad sin maquillaje ofrece escenarios devastados con un tejido social maltrecho, no obstante dicha problemática no se aborda porque nuestra clase política se vuelve cada vez más tóxica al producir debates infecundos que exhiben una polarización creciente en donde el conflicto parece el eje rector para dejar de lado la concertación, se ocupa de la edificación de acuerdos que abonen para facilitar la gobernabilidad.

Las más altas tribunas de la nación son secuestradas para llenar los recintos de exabruptos, necedades y frivolidades que al final producen un tedio inútil que acumula más anécdotas sin mayor trascendencia, hace falta asumir el tratamiento de lo verdaderamente importante porque la seguridad, el bien común y la observancia y aplicación de la norma deben ser finalidades del estado.

La narrativa actual está conectada con los escándalos, las masacres y los grandes vacíos que suelen llenarse de la peor manera, los hechos están a la vista en diferentes regiones del país no existe el sosiego, ausencia de seguridad y abundancia de zozobra, impunidad galopante y ausencia del derecho. La clase política que suele reciclarse no atina a proponer, prescribir y definir las medidas necesarias para generar otras condiciones que disminuyan el grado tóxico de la realidad a consecuencia del crimen. Faltan acciones concretas para alcanzar la pacificación, sobra la demagogia.

Lograr la paz social, abatir la incidencia delictiva debe verse como obligación y no como utopía, no debe normalizarse la violencia ni excluir la capacidad de indignación porque ello petrificaría futuras acciones para aceptar lo indeseable, corresponde al estado mexicano perseguir los delitos como lo establecen las normas jurídicas vigentes.

Por ello las autoridades deben hacer su parte en el presente que es complejo pero tampoco imposible para hacerle frente a los problemas estructurales crecientes que desdibujan la convivencia social.

Aunque la cultura es una de las asignaturas más olvidadas, por lo regular cuando se habla de recortes presupuestales es una de las áreas más afectadas aunque la demanda va en sentido contrario porque lograr la paz no solo implica la coercitividad del estado sino delinear políticas públicas que se constituyan como auténticas fortalezas para alcanzar una realidad diferente que al menos refleje una esperanza verdadera para que no llegue la catástrofe.

Es por ello que se debe apostar a nuevas políticas vinculadas al arte y la cultura porque ello funcionaría como al antídoto al veneno de la violencia, es el momento porque la situación actual lo demanda, es necesario e inaplazable.

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