/ jueves 31 de enero de 2019

Erato

¿Qué separa al amor del enamoramiento? Las dos son caras de la misma moneda, sólo los separa la delgada línea entre la razón y la fe. El enamoramiento empieza por la fe, una explicación poco convincente para los escépticos de siempre. Pero es así, porque sin fe hace tiempo que nadie querría embarcarse en una alocada aventura que te quita el sueño de noche, te carcome de nervios, altera tu pulso cardiaco y enloquece tus sentidos. Desprovistos de fe y sólo validos por la razón, nadie soñaría con casarse porque pensaría en el divorcio, ni comprometerse porque lo atormentaría la infidelidad, ni jurarse amor al nacerla primavera, porque tendría miedo a separarse con el otoño de los años.

Sin fe hace tiempo que la humanidad sería ceniza gris destinada a desaparecer, y justo por eso, enamorarse requiere un “salto de fe”. El enamoramiento inicia así, sólo porque un día, en algún momento, sin previo aviso ni anestesia, los ojos del otro se vuelven interesantes, su vida se convierte en misterio y te encuentras con un pálido reflejo de ese otro Gran Misterio manifestándose frente a ti, sólo que en persona. Nadie sabe qué hacer en ese momento, hasta que te rindes y te sumerges en divagaciones que merman tu cordura por un buen tiempo, una atávica costumbre humana de querer explicar, lo que no tiene explicación.

Una sonrisa en el momento oportuno, un gesto, una sílaba alargada, un brillo en las pupilas, un perfil, un aroma indescriptible, una idea que ronda tu mente… caíste sin remedio como hechizado por magia incomprensible, una atracción sin precedentes, una chispa que amenaza con incendiar lo que tanto cuidaste de construir: tu reputación. Pero el conjuro ya está hecho, a pesar de que el cerebro diga una y otra vez que no, como un alud de nieve que arrasa a su paso, llevándose tras de sí parte de tu esencia, tu mundo ha sido puesto de cabeza, literal y metafóricamente, las leyes del Universo te van a poner a prueba y no sabes de qué forma.

Dijo al respecto y con mucha razón Blaise Pascal que “el corazón tiene razones, que la razón no entiende” y de ahí que, tras la avalancha de emociones, viene el abismo de la locura. Pensar día y noche en la misma sonrisa, en cómo prolongar el tiempo que se fuga en su presencia y cómo acortar la eternidad de su ausencia. Insomne e ilusionado pasas los días fuera de ti mismo, eterno morador de la cueva de Platón, que sólo ves las sombras del objeto de tus desvelos, sin por ello consumar en el mundo real lo que en la fantasía te mortifica.

Por eso la fe es ingrediente imperativo para caer rendido bajo el poderoso sedante de la dopamina en la que Cupido sumerge sus flechas. La fase dos corresponde a la idealización del objeto amoroso y la consecuente generación de un mundo paralelo en donde eres fuerte, invencible, capaz de recorrer los senderos más tortuosos, cruzarlos pantanos de la depresión, ignorar las lenguas más viperinas, las noches más oscuras y los futuros más inciertos. Por enamoramiento te atreves y cambias tu andar, tu apariencia y tus miedos aciagos, tus límites humanos, tus recelos parecen ajenos a ti.

Pero por amor descubrirás otros abismos y te conocerás en otros aspectos. El misterio no terminarás de entenderlo y volverás al punto en el que iniciaste. Si te detienes en la fase del amor platónico, indelebles serán las cadenas que te aten a esa persona, si te decides a avanzar, parajes más oscuros te estarán destinados, bajo el precio de perderte en el camino. Sabrás que amar a alguien no llega sino hasta después de descubrir que esa “hermosa desconocida” que es la otra persona, realmente encubre secretos, defectos y demonios internos. El amor no llega solo, no es sólo magia y fe, es también razón. Es la caída libre tras la expulsión del Edén por morder la manzana y luego la redención que eleva, porque el amor trae veneno y antídoto incluido. Otra vez Erato te aconsejó y por tocar el cielo, lo volverías a hacer una y otra vez ¿Verdad? (L)

¿Qué separa al amor del enamoramiento? Las dos son caras de la misma moneda, sólo los separa la delgada línea entre la razón y la fe. El enamoramiento empieza por la fe, una explicación poco convincente para los escépticos de siempre. Pero es así, porque sin fe hace tiempo que nadie querría embarcarse en una alocada aventura que te quita el sueño de noche, te carcome de nervios, altera tu pulso cardiaco y enloquece tus sentidos. Desprovistos de fe y sólo validos por la razón, nadie soñaría con casarse porque pensaría en el divorcio, ni comprometerse porque lo atormentaría la infidelidad, ni jurarse amor al nacerla primavera, porque tendría miedo a separarse con el otoño de los años.

Sin fe hace tiempo que la humanidad sería ceniza gris destinada a desaparecer, y justo por eso, enamorarse requiere un “salto de fe”. El enamoramiento inicia así, sólo porque un día, en algún momento, sin previo aviso ni anestesia, los ojos del otro se vuelven interesantes, su vida se convierte en misterio y te encuentras con un pálido reflejo de ese otro Gran Misterio manifestándose frente a ti, sólo que en persona. Nadie sabe qué hacer en ese momento, hasta que te rindes y te sumerges en divagaciones que merman tu cordura por un buen tiempo, una atávica costumbre humana de querer explicar, lo que no tiene explicación.

Una sonrisa en el momento oportuno, un gesto, una sílaba alargada, un brillo en las pupilas, un perfil, un aroma indescriptible, una idea que ronda tu mente… caíste sin remedio como hechizado por magia incomprensible, una atracción sin precedentes, una chispa que amenaza con incendiar lo que tanto cuidaste de construir: tu reputación. Pero el conjuro ya está hecho, a pesar de que el cerebro diga una y otra vez que no, como un alud de nieve que arrasa a su paso, llevándose tras de sí parte de tu esencia, tu mundo ha sido puesto de cabeza, literal y metafóricamente, las leyes del Universo te van a poner a prueba y no sabes de qué forma.

Dijo al respecto y con mucha razón Blaise Pascal que “el corazón tiene razones, que la razón no entiende” y de ahí que, tras la avalancha de emociones, viene el abismo de la locura. Pensar día y noche en la misma sonrisa, en cómo prolongar el tiempo que se fuga en su presencia y cómo acortar la eternidad de su ausencia. Insomne e ilusionado pasas los días fuera de ti mismo, eterno morador de la cueva de Platón, que sólo ves las sombras del objeto de tus desvelos, sin por ello consumar en el mundo real lo que en la fantasía te mortifica.

Por eso la fe es ingrediente imperativo para caer rendido bajo el poderoso sedante de la dopamina en la que Cupido sumerge sus flechas. La fase dos corresponde a la idealización del objeto amoroso y la consecuente generación de un mundo paralelo en donde eres fuerte, invencible, capaz de recorrer los senderos más tortuosos, cruzarlos pantanos de la depresión, ignorar las lenguas más viperinas, las noches más oscuras y los futuros más inciertos. Por enamoramiento te atreves y cambias tu andar, tu apariencia y tus miedos aciagos, tus límites humanos, tus recelos parecen ajenos a ti.

Pero por amor descubrirás otros abismos y te conocerás en otros aspectos. El misterio no terminarás de entenderlo y volverás al punto en el que iniciaste. Si te detienes en la fase del amor platónico, indelebles serán las cadenas que te aten a esa persona, si te decides a avanzar, parajes más oscuros te estarán destinados, bajo el precio de perderte en el camino. Sabrás que amar a alguien no llega sino hasta después de descubrir que esa “hermosa desconocida” que es la otra persona, realmente encubre secretos, defectos y demonios internos. El amor no llega solo, no es sólo magia y fe, es también razón. Es la caída libre tras la expulsión del Edén por morder la manzana y luego la redención que eleva, porque el amor trae veneno y antídoto incluido. Otra vez Erato te aconsejó y por tocar el cielo, lo volverías a hacer una y otra vez ¿Verdad? (L)

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