/ jueves 4 de abril de 2019

Hemera

Hace unos ayeres, por estas fechas, empezó esta columna, por ventura de los astros que se alinearon y me permitieron tener un espacio de expresión pública. Desde entonces, con mis buenas y no tan buenas contribuciones, han podido ver la luz opiniones personales que son sólo papel o caracteres sin vida, hasta que alguien se la otorga. Así es lector, por tu voz y por tus ojos, mis palabras cobran existencia, tú vivificas mis ideas.

Me gustaría citar en este punto a Valeria Luiselli, que en una de sus columnas titulada “La Columna” reflexiona sobre ella con tino, diciendo lo siguiente: “La columna es un compromiso con un espacio. No con llenar centímetros de papel o de pantalla, sino con usar responsablemente un espacio público.” Es una reflexión pertinente, porque mantener una columna requiere una actitud responsable con la sociedad. Debido a que es pública, lo que se manifiesta se difunde y, por ende, puede tocar vidas.

Luiselli también agrega: “La columna se escribe con el mundo a cuestas para, como la piedra de Sísifo, volverse a escribir la semana próxima. La columna es un desvelo muy mal remunerado. Una intervención trivial comparada con la de los verdaderos periodistas. Los segundos arriesgan sus vidas; los primeros, acaso, sus egos.”

Nuevamente, Luiselli tiene razón. En mi caso, he “cargado” el mundo durante casi 100 semanas, casi 100 columnas. No he desfallecido porque tú cuando me lees, me ayudas con el peso. No siempre la inspiración llega fácil, a veces la tinta se seca o las prioridades son otras, en ocasiones no encuentro las palabras, pero por ti todas las semanas envío mi contribución, porque sé que, del otro lado del monitor, de la pantalla del celular, del otro lado del puesto de periódicos, estás esperándome. Micompromiso es contigo, porque sé que al opinar puedo influir en ti, como tú lo haces en mí cuando retro alimentas mi labor.

Sobre el trabajo de los columnistas, la reflexión de Valeria Luiselli reconoce el esfuerzo, pero también testifica sobre la ausencia de peligro real al que se enfrentan, en comparación a los corresponsales y a los periodistas. Los periodistas arriesgan sus vidas para cubrir la nota, los respalda una formación aguda que busca el nudo, la verdad, la pregunta sagaz, la comunicación transparente…

En cambio, los columnistas arriesgamos el ego, porque nuestras fuentes no son entrevistas, ni ruedas de prensa, ni las opiniones ajenas que deben citarse con delicadeza. Las fuentes del columnista son el sentido común, las anécdotas diarias y los múltiples espejos de la realidad. El columnista arriesga su nombre porque en base a él sostiene lo que escribe. Su frivolidad o falta de pericia al opinar sobre tal o cual tema, lo deja “desnudo” frente al debate de opiniones que cada quien con justa razón defiende.

Por eso no me resta más que agradecerte lector por dedicarme unos minutos de tu tiempo cada jueves, porque estás leyendo una opinión que no es la tuya y, aun así, la atiendes. Para mi gratificación, me complace que te identifiques con ella y la compartas, tanto como que difieras y me hagas ver otra arista que yo no percibí.

Finalizando con Luisellli a quien he venido citando, cierro con que: “La columna es un soporte vertical de una estructura. Y, sea en sentido arquitectónico o metafórico, es sólo eso: un pilar de una futura ruina”. Así será la columna que lees hoy, será la ruina de un pensamiento en el futuro. Quedará en una jaula de veterinaria, en un puesto de frutas envolviendo una papaya o formando el cuerpo de una piñata. Sepultada en el olvido tal vez o rescatada algún día, luciendo las hojas amarillas y quebradizas de este periódico o capturada en un chip de tu celular y será exhibida en un museo de antigüedades, como testigo de un tiempo en el que tú y yo nos comunicábamos. Yo escribiendo para ti, tú leyendo para mí.

Hace unos ayeres, por estas fechas, empezó esta columna, por ventura de los astros que se alinearon y me permitieron tener un espacio de expresión pública. Desde entonces, con mis buenas y no tan buenas contribuciones, han podido ver la luz opiniones personales que son sólo papel o caracteres sin vida, hasta que alguien se la otorga. Así es lector, por tu voz y por tus ojos, mis palabras cobran existencia, tú vivificas mis ideas.

Me gustaría citar en este punto a Valeria Luiselli, que en una de sus columnas titulada “La Columna” reflexiona sobre ella con tino, diciendo lo siguiente: “La columna es un compromiso con un espacio. No con llenar centímetros de papel o de pantalla, sino con usar responsablemente un espacio público.” Es una reflexión pertinente, porque mantener una columna requiere una actitud responsable con la sociedad. Debido a que es pública, lo que se manifiesta se difunde y, por ende, puede tocar vidas.

Luiselli también agrega: “La columna se escribe con el mundo a cuestas para, como la piedra de Sísifo, volverse a escribir la semana próxima. La columna es un desvelo muy mal remunerado. Una intervención trivial comparada con la de los verdaderos periodistas. Los segundos arriesgan sus vidas; los primeros, acaso, sus egos.”

Nuevamente, Luiselli tiene razón. En mi caso, he “cargado” el mundo durante casi 100 semanas, casi 100 columnas. No he desfallecido porque tú cuando me lees, me ayudas con el peso. No siempre la inspiración llega fácil, a veces la tinta se seca o las prioridades son otras, en ocasiones no encuentro las palabras, pero por ti todas las semanas envío mi contribución, porque sé que, del otro lado del monitor, de la pantalla del celular, del otro lado del puesto de periódicos, estás esperándome. Micompromiso es contigo, porque sé que al opinar puedo influir en ti, como tú lo haces en mí cuando retro alimentas mi labor.

Sobre el trabajo de los columnistas, la reflexión de Valeria Luiselli reconoce el esfuerzo, pero también testifica sobre la ausencia de peligro real al que se enfrentan, en comparación a los corresponsales y a los periodistas. Los periodistas arriesgan sus vidas para cubrir la nota, los respalda una formación aguda que busca el nudo, la verdad, la pregunta sagaz, la comunicación transparente…

En cambio, los columnistas arriesgamos el ego, porque nuestras fuentes no son entrevistas, ni ruedas de prensa, ni las opiniones ajenas que deben citarse con delicadeza. Las fuentes del columnista son el sentido común, las anécdotas diarias y los múltiples espejos de la realidad. El columnista arriesga su nombre porque en base a él sostiene lo que escribe. Su frivolidad o falta de pericia al opinar sobre tal o cual tema, lo deja “desnudo” frente al debate de opiniones que cada quien con justa razón defiende.

Por eso no me resta más que agradecerte lector por dedicarme unos minutos de tu tiempo cada jueves, porque estás leyendo una opinión que no es la tuya y, aun así, la atiendes. Para mi gratificación, me complace que te identifiques con ella y la compartas, tanto como que difieras y me hagas ver otra arista que yo no percibí.

Finalizando con Luisellli a quien he venido citando, cierro con que: “La columna es un soporte vertical de una estructura. Y, sea en sentido arquitectónico o metafórico, es sólo eso: un pilar de una futura ruina”. Así será la columna que lees hoy, será la ruina de un pensamiento en el futuro. Quedará en una jaula de veterinaria, en un puesto de frutas envolviendo una papaya o formando el cuerpo de una piñata. Sepultada en el olvido tal vez o rescatada algún día, luciendo las hojas amarillas y quebradizas de este periódico o capturada en un chip de tu celular y será exhibida en un museo de antigüedades, como testigo de un tiempo en el que tú y yo nos comunicábamos. Yo escribiendo para ti, tú leyendo para mí.

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